Columna


¿Saliendo de la corrupción y la desidia?

RICARDO CHICA AVELLA

13 de marzo de 2021 12:00 AM

Fui de quienes recibimos la llegada de William Dau a la Alcaldía como la posibilidad de que Cartagena pudiera arrancarse de la corrupción y el círculo vicioso entre indolencia de la autoridad e insolencia del ciudadano. Pero, aunque medírsele a los corruptos en esta ciudad ya es de paladines, aparte de que Dau es un poco saltimbanqui, las esperanzas están resultando algo infundadas, como lo muestran dos aspectos: las vías, y la continuación de la depredación de lo público para beneficio privado.

El alcalde anuncia que pone en marcha el plan de reparación de vías. Yo le recomendaría que circulara un poco por la ciudad en bicicleta. En automóvil uno siente la indignación de pagar un impuesto de rodamiento en vez de recibir un subsidio para cubrir los daños en la suspensión. Pero en bicicleta, grietas y cráteres en vías y cruces claves hacen de la travesía una aventura, intensificada además por la irresponsabilidad de los conductores particularmente de busetas/vans, algunos de los cuales llegan ya a una carencia psico-sociopática de respeto por la vida humana. Pero arriésguese alcalde para que vea los tramos de paisaje lunar y fallas geológicas en algunos puntos.

La depredación de lo público en Cartagena es una tradición que explica por qué el polo logístico/industrial/turístico más importante de Colombia no progresa como corresponde a este status y no logra sacar a masas enormes de la población de la pobreza extrema.

Este es el aspecto corrupción. Pero hay otro igualmente dañino, ejemplificado por la monstruosidad con la que funcionarios distritales permitieron que el monumento histórico más importante de Colombia fuera destruido arquitectónica/urbanísticamente. Los ejemplos siguen como la apropiación de las playas (Karibana) o los locales de ventas que buscándole el ladito se van instalando en ellas. Otro caso es el del ruido que, en el caso de la calle del Arsenal, llega a la instalación en espacio público de un enorme mástil (aparentemente frente a Mr. Babilla) para colocar un parlante para que se oiga en el edificio frente al Castillo. Otro caso entre kafkiano e infame es el de las carpas en las playas. ¿A quién se le ocurre obligar a los carperos a instalar unos parasoles que no durarán ni un cuarto de hora con brisas como las que están soplando y que ellos no pueden pagar?

¿Qué intereses están detrás de ese absurdo que priva a los pobres incapaces de enfrentar esos costos de su trabajo y le asegura el control de su actividad?

*Investigador Desarrollo Económico.

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