Salmos y sanguijuelas

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Jamás olvidaré aquella tarde de octubre. Desde el mediodía comenzaron a llegar, en fila india, negros y descomunales nubarrones, ubicándose, amenazantes, alrededor de Calamar, mi apacible terruño, recostado sobre el Río Grande de la Magdalena.

Los ribereños, acostumbrados a soportar fuertes aguaceros, inundaciones y centellas, comprendimos que lo que se presagiaba no tenía precedentes. El agua cayó a cántaros, los granizos golpeaban el techo con la intención de derribarlo; los relámpagos atravesaban paredes y la voz ronca de los truenos, como la de un gigante, ordenaba marcharnos de sus territorios ancestrales.

Pero mi abuela Isabel aceptó el reto: nos acostó en su cama de madera mientras Carmencita, nuestra atribulada madre, cubría con sábanas blancas los espejos para no atraer relámpagos. Más tarde quemaron ramos de palmas bendecidas el Viernes Santo, pero estos conjuros fueron inútiles: la tormenta nos acorralaba. En ese preciso instante, mi abuela Isabel Radi de Sagbini, extrajo de su escaparate un misterioso libro y, poniéndose frente a la ventana, comenzó a orar: –El Señor es mi pastor, nada me faltará. En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce. Él restaura mi alma, me guía por senderos de justicia, por amor a su nombre. Aun cuando pase por el valle de sombras de muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo.-

Aún no sé si fue mera coincidencia o fruto del poder infinito de aquella plegaria, pero inmediatamente reapareció el sol, los nubarrones se disiparon y las centellas enmudecieron. Mi abuela quedó en silencio frente a la ventana, sus ojos cerrados, abrazada del milagroso libro.

Desde entonces, todos nos persignábamos al pasar frente al escaparate donde reposaba el texto que, literalmente, nos salvó la vida.

Al marcharse la vieja, más allá del sol, heredé aquel tesoro que aún conservo: ‘Los Salmos’. En él se encuentran soluciones, incluso para los ateos, a todos los problemas imaginables: plagas, fobias, odios, miedos, vicios, encrucijadas y principalmente, cuando se presagian devastadoras tormentas como la del próximo 27 de octubre.

Ante los nubarrones que se avecinan, recito cada mañana el Salmo 23, esperanzado en repetir el milagro de la abuela Isa.

Pero sin duda la solución está en nuestras propias manos: solo el poder infinito de la Democracia, sin mácula, evitará caer de rodillas, como cada cuatro años, ante los truenos y centellas de la ley del embudo y de la legión, sorda e insaciable, de langostas y sanguijuelas.

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