Columna


Salud mental en la pospandemia

Christian Ayola

30 de noviembre de 2021 12:00 AM

El 1 de diciembre de 1347 por el puerto de Mesina, sur de Italia, procedente del continente asiático llega la peste negra a Europa. Curiosamente a principios de diciembre del 2019 en el mercado de la ciudad de Wuhan, en China, enferma un hombre de 70 años de neumonía viral, que será confirmado como paciente 0, el agente infeccioso identificado es el SarsCov2, un coronavirus altamente contagioso y potencialmente letal. Rápidamente la infección se propaga, y deja una estela de infectados y muertos a lo largo del país, superando toda la capacidad de afrontamiento del gobierno chino.

Su población vive momentos de angustia y desespero, se registran escenas apocalípticas en las calles de varias ciudades, que alcanzan mayor dramatismo cuando comienzan a fallecer médicos, cunde el pánico, crece la impotencia y el pesimismo en el momento en que las muertes corresponden a personal de salud que aparentemente ha observado todas las medidas de bioseguridad.

A finales de enero del 2020 se registran casos en 20 países, el 11 de marzo la OMS declara que la humanidad enfrenta una pandemia por la enfermedad que se denomina COVID-19, solicita a las diferentes naciones que se alisten para lo peor.

En Colombia, el gobierno representado por el Ministerio de Salud inicia la implementación de medidas sanitarias, en los territorios se evidencia una falta de preparación para la atención de desastres, y los planes se atienen a la praxis convencional en salud pública, en gerencia o en administración hospitalaria.

El 12 de marzo se confirma que cuatro días antes ha llegado al territorio nacional por el puerto de Cartagena nuestro caso 0, y el 16 del mismo mes se registra el primer fallecimiento, un taxista de 58 años. Las consultas por ansiedad se multiplican, prescribir psicofármacos a un vasto sector de la población no es lo más indicado, y las psicoterapias son un proceso no un suceso.

En ese momento supimos que estábamos ante una terrible experiencia para la que la humanidad no estaba preparada, y que por lo menos, al principio, superará la capacidad de afrontamiento de los servicios sanitarios en todos los países.

La magnitud del fenómeno, sumado al déficit de profesionales debidamente entrenados en técnicas de intervención en crisis, plantea un desafío profiláctico y terapéutico; se recurre en muchos casos a la espiritualidad, recurso que, aunque no es científico puede ser efectivo, pero solo aplicable a población creyente.

Cobrará importancia la psicotraumatología, un modelo novedoso, compasivo y despatolgizante, con base neurobiológica y evidencia científica.

PD: Hoy se activan alarmas por el surgimiento de la cepa sudafricana (Ómicron), debemos tener la esperanza que también pasará.

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