Columna


Seis de cien

EDUARDO GARCÍA MARTÍNEZ

EDUARDO GARCÍA MARTÍNEZ

08 de agosto de 2020 12:00 AM

Gabriel García Márquez, Alejandro Obregón Enrique Grau y Manuel Zapata Olivella no nacieron en Cartagena pero vivieron en ella muchos de sus mejores días. Gabo vio la luz primera en Aracataca, Obregón en España, Grau en Panamá y Zapata en Lorica pero sus lazos los estrecharon en esta ciudad maravillosa. Todos, al igual que Cecilia Porras y Nereo López, que sí vinieron al mundo en Cartagena, lanzaron su primer llanto en 1920 y dejaron una huella imborrable e inspiradora en el arte y la cultura y ahora, un siglo después, se les rinde justo y necesario homenaje.

Gabo, Grau y Obregón unieron sus voluntades y esfuerzos para impulsar y mantener vivo en el espíritu de la ciudad el Museo de Arte Moderno de Cartagena de Indias. En ese lugar donde se respira el aire añejo de las casonas coloniales, hay obras de Obregón, Grau y Porras, y un bellísimo texto de Gabo inspirado en la historia de un payaso pintado en la puerta de una casa de Getsemaní por Cecilia Porras, extraviado y encontrado de nuevo en un burdel pero perdido para siempre en la realidad inverosímil de una Cartagena mitificada en la pluma insuperable del autor de Cien años de soledad.

Cartagena fue una especie de cordón umbilical para Gabo, Obregón, Grau, Porras, López y Zapata. Nutrió sus admirables talentos y les permitió elaborar el fermento de su creación artística. Los insuperables colores del atardecer cartagenero quedaron inmortalizados en el pincel de Obregón, las mariamulatas, las flores, la mujer cartagenera están en los trabajos de Grau, tanto en pintura como en escultura, y el ambiente y algunas historias de esta ciudad sin igual están narrados en varias de las obras de García Márquez. Cecilia Porras recreó los vericuetos de Cartagena a través de un pincel buscador de tendencias diversas, Nereo López la retrató en su esplendor patrimonial con su insuperable cámara del blanco y negro, mientras Manuel Zapata escudriñó todos sus rincones para encontrar los secretos más profundos de su etnia africana para hacerlos volar por el mundo.

Gabo inició aquí su vida periodística y si bien ya escribía ficción cuando llegó en abril de 1948, la ciudad y sus amigos iniciales, Manuel Zapata Olivella, Héctor Rojas Herazo, Gustavo Ibarra Merlano, Clemente Manuel Zabala, Ramiro de la Espriella, le ayudaron a abrir un camino despejado para su genio literario.

A Obregón, Grau, Gabo, Porras, López y Zapata la ciudad les ofreció todas sus recónditas razones para enamorarlos y lo consiguió porque los seis la amaron con pasión y lo dejaron testificado en sus alabadas obras.

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