Shitty people

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

Después de varias horas caminando por las avenidas o tomando los trenes subterráneos que atraviesan en un santiamén las grandes ciudades, el santamariano se da cuenta de que el Estados Unidos que veía en la televisión, en los años 70, no es tan parecido a este que le congela las narices con esa brisa que parece un trapo mojado.

El rechazo contra los negros, los latinos y los asiáticos nunca se ha ido, sobre todo si esos tres sufren de bolsillos vacíos. El santamariano se da cuenta de que al gringo raizal lo que más le preocupa son su seguridad y su economía. Por eso lo encendieron tan hondo los discursos del empresario que quería ser presidente, y lo logró a punta de aquel verbo sin filtros que hablaba de gente de tercera, decepcionada de los gobiernos de mierda que había en sus países.

El santamariano tiene la certeza de que Trump, con su rostro duro y su cabello de hierro oxidado, representa al ciudadano gringo, que no termina de tragarse a esos negros que le han dado gloria a su país en la música y los deportes. No le interesa que los latinos hayan puesto su cuota en el crecimiento de su nación, así sea lavando platos y alcantarillas. Lo único que entiende es que esa gente ensucia sus predios, y no ve la hora de que se larguen.

Sin embargo, el santamariano se desconcierta cuando percibe la arrogancia de los negros y negras de Washington, y entonces comprende que ellos tampoco terminan de deglutir a los latinos, aunque sean tan negros y tan pobres como ellos. De todas maneras, los consideran gente atrasada que no merece ni un mínimo de amabilidad.

Con ese panorama, el santamariano cree que las cosas serán mejores con aquel señor rubio embatado de blanco, que aguarda detrás del mostrador de una farmacia de Dupont Circle. “Is spanish spoken here?”, le pregunta, pero el dependiente niega moviendo la cabeza desdeñosamente, y mira hacia otro lado como si estuviera ocupado en otra cosa, cuando en realidad lo que quiere decir es, “lárguese”.

Los paisanos del santamariano, reunidos en el sótano de una tienda de Brooklyn, estaban esperanzados en que las elecciones pasadas las ganara Mrs. Hillary, por la simpatía que despertó entre ellos su esposo Bill, quien hasta se tomó fotos con los pobres de la avenida Pedro Romero, el mismo día que puso una placa en la casa de una viejita de Olaya Herrera.

El santamariano, desde su confinamiento anti coronavirus, piensa en los amigos simpatizantes de Mrs. Hillary y en la paranoia que debe estar arrinconándolos, cada vez que la televisión muestra la rodilla de Trump aprisionando el pundonor de los descendientes de Malcom X y de los inmigrantes que aún creen en el sueño americano, tal vez sin olfatear que se aproxima el sueño chino.

*Periodista.

TEMAS

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Columna

DE INTERÉS