Si se va, pierde

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Con el advenimiento de tantos venezolanos a Colombia, especialmente a la Región Caribe, me pregunto qué hubiera hecho el compositor Pedro Pablo Peña, si todavía estuviera con vida.

Otra canción, desde luego. En el transcurso de los años noventa, cuando su nombre se convirtió en una cifra importante para la música del Caribe, de su pluma brotaron una cantidad de letras que renovaron el cancionero carnavalero de estos lares; y aportaron al repertorio de las orquestas dominicanas y colombianas que estaban apostándole al merengue moderno.

Una de esas canciones se tituló “Si se va, pierde”, que alude a las mujeres que salían del Caribe colombiano atraídas por los billetes que producía el petróleo venezolano; y en efecto, regresaban con dinero a borbotones, pero también con nuevos maridos e hijos. De ahí el estribillo del fandango: “Pendejo el que deje ir su mujer pa’ Venezuela”, porque en esas épocas (años 60 y 70) eran mayoritariamente las mujeres quienes se aventuraban, casi siempre ilegalmente, a cruzar la frontera con la idea de regresar en mejores condiciones; pero encontraban el pasto tan bueno que no solo mejoraban sus vidas, también resolvían no regresar más.

Aunque a veces volvían como lo describe Peña: “Al año cuando regresan/ se vuelven malas personas/como vienen bien nalgonas/no se amañan en su tierra”.

De estar vivo, seguramente hubiera compuesto algún bullerengue no solo para sus coterráneos; también para los venezolanos (o para quienes se hacen pasar por ellos) en las calles ofreciendo dulces o tocando las verjas de las casas para ofrecer sus yogures o frutas en empaques de plástico.

Seguramente hubiera escrito un chandé o una cumbia con los desatinos de Maduro, con las intromisiones de Duque; o sencillamente con el retorno desafortunado de los colombianos y sus manos vacías a tratar de reorganizar sus vidas.

Los he visto engrosando las ventas informales del mercado de Bazurto o integrando las “estaciones” de mototaxis de los barrios del sur. Hasta allá hubiera llegado Peña a preguntarles sobre sus quehaceres en la Venezuela del esplendor; o sobre las expectativas que tienen respecto a una ciudad, igualmente en crisis, como Cartagena.

No es descartable que se hubiera echado una pasada por los hospitales y puestos de salud, para ver de cerca no únicamente las dificultades para el buen desempeño del sistema de salud colombiano, también para presenciar lo que se conoce como desarraigo. Y en cierta forma, él también lo experimentó cuando salió de San Cayetano a Cartagena sin saber qué era exactamente lo que debía hacer por su existencia.

El 13 de noviembre se cumplirán veinte años de la partida física de Peña. Y es posible que sus amigos del gremio folclórico (y los de Montes de María) estén preparando algo que conjure las amenazas del olvido. Reprogramar su música, por supuesto.

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