Columna


Sin derecho a la sonrisa

HENRY VERGARA SAGBINI

23 de mayo de 2022 12:00 AM

Aseguran que la historia de la especie humana es una rueda de molino que gira y gira, con idénticos actores y máscaras distintas, repitiendo libretos de traición, violencia y avaricia.

Cada segundo crucifican de nuevo a Jesús de Nazaret, disparan al corazón de Mahatma Gandhi y Martin Luther King, decapitan a Marco Tulio Cicerón, líder de la antigua Roma, mientras en Colombia, le arrancamos las vísceras a Rafael Uribe, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro Leongómez, Jaime Pardo Leal, Jorge Eliecer Gaitán, Luis Carlos Galán Sarmiento, Álvaro Gómez Hurtado y a miles de líderes sociales anónimos, víctimas inocentes de insaciables mafias.

Imposible, en tan poquitos renglones, descifrar el enigma de la crueldad humana, sobre todo aquella sorda y ciega, que carcome a Colombia, país fallido de los ‘alias’, gigantesca corrupción y de los ‘falsos positivos’. Es más fácil culpar a Dios o a la genética, no a la ausencia de Justicia - Equidad, de todas nuestras desgracias.

Desde la Colonia nos graduamos de camanduleros, rezando en público el Padre Nuestro mientras, de rodillas, en oficinas herméticas, besamos el trinche a Lucifer.

Sin acudir a perendengues, aferrados a la verdad científica, sabemos que los ancestros prehistóricos del Homo Sapiens, incluyendo a los genuinos propietarios del mal llamado ‘Nuevo Mundo’, fueron esencialmente pacíficos, protectores de sus familias, trabajadores sin tacha ni subsidios, mansos pero no mensos, respetuosos de la ‘Pachamama’.

Las evidencias arqueológicas certifican que la violencia desborda de los humanos, no es genética, apareció, engendrada por la economía productiva que trasformó las estructuras sociales, de una economía equilibrada y pacífica, a la avaricia del acaparamiento sin piedad ni límite que, desde entonces, devora al planeta con los colmillos de la oferta y la demanda.

Las primeras muestras de violencia colectiva ocurrieron hace 13.000 años antes de nuestra era, coincidiendo con la aparición del sedentarismo, la explosión demográfica y el surgir de briosas castas que disputaban poder y territorio.

Desde entonces la historia se repite por doquier: osamentas recientes de adultos, niños y ancianos, fosas comunes que visten de luto y vergüenza los surcos de la patria.

Es verdad: genéticamente pacíficos, somos víctimas inocentes de la avaricia impune que se roba absolutamente todo, incluso, el pan sagrado de los comedores escolares. A esos homicidas ni se les despeina un rizo vacacionando en su ‘palacio por cárcel’, mientras a cinco millones de colombianitos, los devora la mortífera desnutrición sin derecho a la sonrisa.

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