Sin ponchera no

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A las palenqueras todo el mundo en Cartagena las quiere, pero únicamente si se ponen en la cabeza una ponchera llena de frutas y dulces; y si se cubren con el disfraz esclavista que reforzó la industria turística para adornar las calles del Centro Histórico.

Salidas de ese contexto romanticón y comercial, las palenqueras que viven en Cartagena padecen las discriminaciones y las talanqueras que resiste cualquier mujer negra, aunque demuestre capacidades y experiencia en los roles laborales que desea asumir.

Ni siquiera la misma industria turística las ve como gerentes, coordinadoras o directoras de algunos de esos organismos que venden al mundo la postal colorida de la ciudad. Las que más han logrado algo, sirven temporalmente como asistentes o auxiliares de algún cargo menor. Pero hasta ahí.

De ahí que muchas terminan archivando el cartón universitario, para dedicarse a otras cosas, donde medianamente aplican lo que aprendieron; o, en el mejor de los casos, emprenden sus propios proyectos empresariales, que casi siempre terminan enfocándose hacia el engranaje turístico que las ve como figuras ornamentales, cuando no como las sirvientas ataviadas de blanco que muestra la fotografía de las bodas espectaculares que los poderosos montan en las iglesias coloniales.

Qué bueno que se haya organizado una marcha (que más parecía una rumba banalizadora), para reivindicar los espacios de las palanqueras en la ciudad, aunque no sería tan mala idea organizar otra para respaldar a las que salen de la educación superior a engrosar el desempleo, ya que, la mayoría de las veces, no las aceptan por negras, por venir de barrios malucos o por no tener apellidos distinguidos. Muy bueno también sería que a las que están en el Centro las despojen de esos disfraces que les colgaron las amas españolas, cuyas mentes católicas veían como pecaminoso el cuerpo de la fémina africana, admirada en secreto por el amo (racista diurno y fornicador nocturno).

Los atuendos tradicionales de las palenqueras son otros. Aquellos juegan entre los que lucen florecitas de colores pasivos; y los luctuosos, donde se combinan el blanco y el negro. Pero en esta, como en muchas otras cosas, la mentira publicitaria termina imponiéndose y hasta desvirtuando el rigor de las investigaciones históricas.

Como buena ciudad racista, Cartagena maneja el complejo de los roles, en los que solo se acepta a los negros, a los indios y a los mestizos protagonizando ambientes de diversión, deportes o servidumbre: qué chévere que seas boxeador, músico o embolador, pero quédate ahí. Tú no tienes por qué andar soñando con ser gerente, rector o presidente de algún gremio económico.

“¡Pero tú no pareces palenquera!”, le dicen a la docente Gregoria Cassiani; y ella automáticamente responde: “Espera y me pongo la ponchera en la cabeza, para que me creas”.

*Periodista

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