Sin zapatos

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Durante miles de años anduvimos con los pies descalzos. En la infancia tuvimos callos del piso caliente sobre el cual jugábamos. Hace miles de años el zapato surgió para proteger los pies, evitar laceraciones, temperaturas extremas, etc. Al mismo tiempo los mantenía más limpios.

Con el tiempo pasaron a tener otros fines menos pragmáticos. Eran, y son, adornos y formas de ostentación. La sofisticación en las marcas y en los detalles facilita diversas actividades, inclusive el deporte. Los zapatos de plataforma han sido motivo de sesudas disquisiciones que han considerado que son un intento de sobresalir, de mejorar la figura e, inclusive, incrementar la autoestima.

Los zapatos pueden darnos impresionante información sobre su propietario: edad aproximada, género, poder adquisitivo, estatus; el desgaste de la suela puede hablar de la ansiedad del dueño, del paso de los años o incluso de algún defecto o anomalía.

Traigo esto a cuento por la inexorable advertencia que le hacen a todo aquel que visita una casa en Suecia: no te alarmes, solo quítate los zapatos y déjalos a la entrada. Tal costumbre es muy frecuente en aquellos lares y en otros.

Si bien causa gran extrañeza y puede dudarse de la cordura del dueño de casa, la ciencia y los estudiosos han buscado diversas explicaciones para tal conducta. Lo más lógico sería pensar en una razón de higiene, que los zapatos pueden llevar muchísimas bacterias a casa. Y sí, un estudio de la Universidad de Arizona demostró que, tras dos semanas de uso, los zapatos pueden cargar con más de 420.000 bacterias, algunas implican el contacto con materia fecal mientras otras pueden producir neumonía, conjuntivitis, infecciones urinarias y hasta meningitis. Sin embargo, a menos que tengamos alguna deficiencia inmune es imposible que tales bacterias nos produzcan enfermedad. Está demostrado que es más efectivo lavarse las manos que andar sin zapatos. Además, destruir todas las bacterias no solo no es posible sino que no es conveniente y puede ser peligroso. Otras razones pragmáticas, para descalzarse, serían evitar rayar los finos pisos o reducir el polvo en la casa y la necesidad de hacer aseo.

Puede parecer exótico pero yo he tratado de ver en ello razones filosóficas: quitarnos los zapatos nos iguala, nos pone a todos a la misma altura en el hogar; es, también, una forma de abandonar el peso y la carga de las preocupaciones, molestias e inconvenientes del día; es dejar atrás, en la puerta, las ofensas, la indiferencia y aprender lecciones de vida convirtiendo problemas en oportunidades y los obstáculos en peldaños. Y bueno, también podría pensar en el significado del par de zapatos de Van Gogh o la importancia y actualidad del poema de Luis C López: “Mas hoy, plena de rancio desaliño, bien puedes inspirar ese cariño que uno le tiene a sus zapatos viejos”.

*Profesor Universidad de Cartagena

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