¿Siquiera se murieron los abuelos?

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Confieso que aún permanecen tatuados en mi alma, desde aquella lejana época del estallido hormonal, los versos luminosos de Jorge Robledo Ortiz, oriundo de San José de Antioquia, quien dedicó gran parte de su vida a exaltar lo elemental y simple, los paisajes solariegos, las costumbres de los humildes y la repulsa a la crueldad, a las desigualdades y al nepotismo.

Me devoré su obra literaria: ‘Espera’, ‘Maternidad’, ‘Carta sin ortografía’ y, sobre todo, ‘Siquiera se murieron los abuelos’ “sin ver como se mellan los perfiles; hubo una Antioquia en que las charreteras brillaban menos que los paladines; una tierra en que el canto de cuna adormecía también a los fusiles; una raza con sangre en las venas, pero sin sangre negra en los botines; siquiera se murieron los abuelos sin ver los cascos sobre los jazmines; hubo una Antioquia donde la alegría retozaba en los ojos infantiles; un pueblo que creía en las campanas de las torres humildes y respetaba el grito de la sangre y la virginidad de los aljibes; siquiera se murieron los abuelos creyendo en la blancura de los cisnes; hubo una Antioquia de himnos verticales de azadas y clarines; un pueblo que veía en las estrellas dorados espolines y le rezaba a Dios, mientras la luna, templaba la nostalgia de los tiples... Siquiera se murieron los abuelos con esa muerte elemental y simple”.

No obstante, si el ‘Poeta de la raza’ germinara hoy de sus cenizas, al contemplar el exterminio de nuestras raíces, retornaría horrorizado a la tranquilidad de su morada.

Y en medio de ese desfile interminable de improvisados ataúdes surgen centenares de preguntas: ¿Por qué esta peste se ensaña con las arrugas del abuelo? ¿Por qué no dejan que su candil se extinga, sin premura, recostado en su mariapalito, en el taburete o acurrucado, cual recién nacido, en el vientre de su hamaca?

Si pudiera descifrar el lenguaje de ese microscópico vampiro, le preguntaría: ¿Quién te ensambló por encargo? ¿Acaso necesitaban su enclenque jubilación? ¿Costaba demasiado remendar su corazón fibrilante, su próstata inflamada, el óxido de sus neuronas, sus manos frágiles y temblorosas? ¿La oscuridad de su retina? ¿Su voz imperceptible, la dulzura de su sangre y de sus rezos?

Y es que esta matanza inmisericorde de abuelos cercenó su derecho a morir de manera elemental y simple, e impidió susurrarles, nuevamente, cuanto los amamos y a dejar, en su última morada, la huella de nuestras lágrimas.

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