Columna


Sociedad en llamas

ENRIQUE DEL RÍO GONZÁLEZ

11 de mayo de 2021 12:00 AM

En los últimos días, en el marco de legítimos reclamos, hemos evidenciado crudos momentos de horror y sangre que nos devolvieron al infierno de otras épocas. Fue precisamente en este tiempo que optamos por esparcir el más recargado odio, aquel que destruye hasta lo indestructible. Justo ahora cuando más se reclama el ejercicio del amor, empatía, solidaridad y unión para superar los embates de la muerte viral, que arrebata rauda la vida a su paso.

En medio de las protestas, hemos trenzado enfrentamientos tozudos olvidando que detrás de cada manifestante que ejerce su derecho, hay una vida, un futuro y una ilusión de cambio válida y respetable. Y, más allá del uniforme que representa la fuerza pública, mora un ser humano humilde, padre o madre, con familia y sueños de progreso. Si nos rasgamos las vendas del ego que ronda las ideologías, veríamos con claridad que anhelamos lo mismo, aunque caminemos por senderos distintos, nos dirigimos hacia un rumbo común, la felicidad. Buscarla es la misión de todos los individuos sin importar el extremo en el que se encuentre.

Por eso, sin duda alguna, la violencia no es una opción, estamos en la época de la libertad, el respeto por la diferencia y del ejercicio pleno de las garantías. Nada justifica el uso de la fuerza, justamente porque ella se engendra así misma multiplicándose infinitamente y dejando a su paso una estela trágica. No puede ser usada al enarbolar las acciones, tampoco al generar las reacciones. La paz está por encima de todas las cosas. Hace unos años Colombia lo demostró incluso contra las aparentes formas democráticas.

La insatisfacción social es evidente, son múltiples las razones que vienen de antaño y tienen de eje central la miseria del pueblo. Particularmente pienso que la solución no es fácil, ni se vislumbra en estos tiempos, pero los pasos hacia el cambio deben darse con firmeza echando mano de las vías constitucionales y legales, respetando la institucionalidad. Si no lo hacemos ahora, mañana será más complicado ante cualquier figura en el gobierno. De hecho, se impondrán las formas incendiarias cual mecanismo efectivo, como si el fin justificara los medios.

No creo que los reprochables actos vandálicos provengan de los auténticos manifestantes. Aquellas acciones delictivas y de aborrecimiento extremo tienen el peor de los matices y seguramente manos criminales alejadas de alguna finalidad loable. Las acciones violentas deslegitiman la filosofía de los reclamos y manchan irremediablemente la consigna del pueblo que alza la voz desesperada. No se trata de justificar la acción o represión, es más sencillo, buscar el equilibrio y la justicia con amor y por amor. El problema sigue en el interior, el odio que nace dentro y se proyecta sin filtros hacia el otro.

*Abogado.

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