Somos ilusiones

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Estamos enseñados a pensar que somos seres conscientes, que sabemos quiénes somos y de dónde venimos, que percibimos correctamente nuestra realidad y que tomamos decisiones racionales pensando en lo que es mejor para nosotros. Sin embargo, la ciencia sobre el ser humano desarrollada durante los últimos cincuenta años revela que eso no es tan así.

Comencemos por la consciencia, definida convencionalmente como el “conocimiento inmediato o espontáneo que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones” (RAE). La cuestión de cómo es posible que una mente reflexiva, aquella que se percibe a sí misma, emerja de una materia gris compuesta de neuronas ha sido denominada el problema duro de la neurociencia. Y si bien los filósofos de la mente se debaten hoy entre la postura de que la consciencia en realidad no existe y la postura según la cual todo en el Universo tiene vida consciente (panpsiquismo), lo cierto es que hay un profundo acuerdo en torno a que la visión privilegiada que cada uno de nosotros cree tener sobre sí mismo, la mirada introspectiva, es tan solo un espejismo.

Lo mismo ocurre con nuestra percepción de la realidad: aunque vivimos convencidos de que la percibimos tal cual ella es, en general es nuestro cerebro el que está constantemente construyendo, de manera ajena a nuestra consciencia, una imagen propia del mundo. Nuestra percepción de la realidad no es pasiva, es activa, y depende tanto de lo que nos llega por los sentidos, como de nuestros variables niveles de atención, estados de ánimo, contextos, prejuicios e identidades.

Sabemos también que la memoria es infiel a los hechos. Parte esencial de nuestra percepción de la realidad es el recuerdo de nuestro pasado, y este también es una construcción subjetiva, más centrada en darle sentido y coherencia, que en anclar a la realidad el curso de nuestras vidas.

Finalmente, y pese a lo que insisten en enseñar los textos de economía, no somos perfectamente racionales. Nuestra arquitectura mental, fruto de millones de años de evolución natural, incorporó en el pasado una serie de mecanismos automáticos de discernimiento y toma de decisiones que en el mundo actual muchas veces nos conducen hacia donde no queremos ir.

Es clave avanzar hacia una educación y una razón pública basadas en reconocer que lo que nos han acostumbrado a creer que somos es tan solo una ilusión. Comprender la naturaleza humana es un paso fundamental para avanzar hacia un trato humano más justo y transformar el nocivo reflejo de culpabilizarnos, y culpabilizar a los demás, por un genuino intento, cada vez más consciente, de comprendernos empáticamente.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades.

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