Su majestad, el quibbe

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Hablar con don Henry Char Zehlaoui fue como encender luces y añoranzas en el laberinto de mis ancestros. Este adolescente de 92 años conserva todas sus facultades mentales y gran porcentaje del mismo vigor itinerante que, a sus 25 años, lo trajo a Cartagena el 26 de enero de 1951, procedente de Damasco.

Su vida, como la de todos los inmigrantes sirio- libaneses, es un canto perenne al trabajo esforzado, al amor inconmensurable por su familia, agradecidos por la hospitalidad colombiana que los acogió con afecto, pero sin olvidar sus raíces vulcanizadas en las arenas del desierto y humedecidas por el mar Mediterráneo. 

Don Henry  asegura  que la dignidad, como la sangre, se lleva por dentro. Recuerda que, en la época nefasta de “Turco no”, le  reconfortaba saber que Dios escogió el vientre de una mujer árabe llamada  María;  que era dueño de los mismos genes  de los pioneros en comercio, navegación, matemáticas, alfabeto, Derechos Humanos, astronomía, medicina; heredero de aquella cultura milenaria,  fuente de luz y sabiduría. Sus sandalias, de irreductible andariego, sin propiciar heridas ni saqueos, se adaptaban donde encontraban cobijo, mientras intentaba exorcizar la nostalgia de su  tierra,  tachonada de nardos, azafranes y sándalos, esos que perfuman el hacha que los hiere.

Don Henry fue premiado con Cecilia, su eterna compañera, quien, como toda mujer árabe, es manantial de dulzura y templanza, convencida de que al mecer  una cuna, se mece al mundo y a las constelaciones.

Aún recuerda, desconcertado,  que en señal de agradecimiento a la nueva patria, la colonia sirio-libanesa donó con motivo de los cien años  de la independencia de Cartagena, una hermosísima fuente colocada en el Parque del Centenario, pero la xenofobia la desapareció para siempre. Ahora él desea encabezar una cruzada y reponerla pero su hijo, Henry Jr. músico y soñador, asegura que el símbolo del árabe de hoy, es el quibbe, vianda integradora de la familia y vaso comunicante entre las dos culturas. Imagina un monumento tridimensional, fundido en bronce, soportado por un pedestal conformado por manos y rostros de las dulces y hacendosas abuelas árabes, expertas en repartir caricias y apaciguar tormentas.

Y es que Henry Char Zehlaoui y su familia llevan tatuadas a sus entrañas las luces, aromas, sabores y todas las voces de Damasco. Ellos saben, como asegura Meira del Mar, que “la  sangre no se vuelve agua, pues pasa de una vida a otra, luego a otra más y, sin demora, a otra nueva, pero siendo ella misma, con sus dones y carencias, sus inclinaciones, pálpitos y atisbos, sus sentires y secretos laberintos.”


hvsagbini_26@yahoo.es

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