Columna


Sucumbe la democracia

MIGUEL YANCES PEÑA

11 de enero de 2021 12:00 AM

“Impón tu voluntad a alguien y se revolverá contra ti. Pero convence a una mente a pensar como tu deseas, y tendrás un aliado”. Dan Brown, ‘La fortaleza digital’ (1998).

Los episodios de violencia republicana contra la designación del demócrata Joe Biden como nuevo presidente de Estados Unidos, es un hecho sin precedente en esa nación, que en aras de la gobernabilidad suele aceptar los resultados electorales. Y es a la vez la imagen espejo (entiéndase invertida) de lo que sucede en estos países, donde los vándalos representan a la izquierda que no deja gobernar, y a los que quieren más de lo que reciben del Estado.

Lo que se puede observar a nivel general es que las democracias tambalean, porque las instituciones que representan la majestad del Estado se han corrompido, y han perdido el respeto del ciudadano que las ve dirigidas por hombres ambiciosos, avaros, corruptos, incoherentes, henchidos de vanidad, y desmedidos en locuacidad y en el ejercicio del poder. Los ve como gente de la farándula sin talento qué mostrar, como meros payasos. En Colombia comenzó con Santos, y se extendió a los gobiernos departamentales y municipales.

En las comunidades tribales el poder lo ostentaba el más popular, porque se relacionaba con todos, estaba mejor enterado, y difundía información útil a la tribu. Los demás confiaban en él. Era su líder. Posteriormente se transfirió ese poder al más valiente y al mejor guerrero, porque los defendía de los ataques de otras tribus, conquistaba para ellos nuevos territorios, y reclutaba mujeres y esclavos para los trabajos pesados. Era un poder natural, inobjetable. No obstante, en la medida en que esos atributos iban perdiendo importancia porque la seguridad y la paz estaban más o menos garantizada, fue creciendo la lucha a muerte por el poder; el dinero para comprar lealtades, y el buen gobierno para mantener una casta (las dinastías) en el poder.

Con la democracia, las tecnologías y la información usada sin ningún principio o virtud como medio de manipulación y dominación, ha venido sucediendo que ya nadie cree nada; en todo se percibe un intento de conductas en busca de beneficios personales o grupales. Y, ¿cómo se puede gobernar, si quienes tienen que acatar no creen lo que se les dice, o se les pide? La mentira y con ella la trampa, también se enseñoreó en Colombia con el presidente Santos, y ahora se están viendo las consecuencias. Claro que el gobierno posee las armas para imponerse, pero aquí aplica la frase de Dan Brown, y el ejemplo de El Principito. Si no queremos ver una ‘dictadura comunista’ en el poder, se hace necesario restringir la democracia. Y para ello el primer paso es calificar al elector para que el candidato se vea obligado a actuar como estadista, no como un ejemplar de farándula. Estimo que antes de los 30 años no se tiene la madurez suficiente para elegir.

*Ing. Electrónico, MBA.

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