Columna


Supervivencia humana: ¿cooperación o extinción?

YEZID CARRILLO DE LA ROSA

22 de enero de 2022 12:00 AM

Todo organismo está “programado” genéticamente para sobrevivir; son -como dice Dawkins (el gen egoísta)- “máquinas de supervivencia para genes”. Paradójicamente, los mismos “genes” que impulsan la competencia en lo individual, estimulan la colaboración para la conservación de la especie. Los crustáceos han sobrevivido –sostiene Sagan– gracias a que la “cooperación está codificada en los genes de los supervivientes”.

El hombre es un recién llegado al planeta. Hace sólo 2.5 millones de años apareció el “simio austral” (Australopithecus) del cual evolucionamos (sapiens), juntamente con otras especies humanas (neanderthalensis, erectus, soloensis, floresiensis, denisova, rudolfensis, ergaster) que desaparecieron. ¿Por qué no sobrevivieron?

Porque, a diferencia de los otros humanos, algo sucedió en nuestro cerebro que nos permitió hacer cuatro cosas únicas: transmitir información sobre los otros (chismorrear) para saber en quien confiar, hablar sobre cosas que no existen (inventar ficciones), persuadir a los demás de la verdad de esas ficciones, y construir “creencias compartidas” (mitologías, ideologías, filosofías). Cada animal tiene un lenguaje particular y muchos pueden advertir de un peligro a la manada; pero un simio –sostiene Harari– jamás podrá convencer a otro que entregue sus bananos porque será recompensado en otra vida. La creación de estas “fábulas compartidas” (nacionalidad, partidos políticos, religión) incrementó la cooperación y la solidaridad entre los miembros, incluso entre aquellos que no se conocían, lo que contribuyó a conformar grupos grandes y estables.

Lamentablemente, la cooperación humana no siempre ha tenido propósitos altruistas, como la supervivencia; también ha servido a empresas crueles, como acabar con otras especies humanas (neandertal), los otros animales no humanos (no domesticables o no consumibles), la propia naturaleza (cambios globales ambientales) y los otros grupos de sapiens que no tienen similares creencias (masacres, genocidios y guerras); porque no siempre las “convicciones intersubjetivas” favorecen o justifican el altruismo, la inclusión social o el bienestar común, sino lo contrario.

Es claro, entonces, que no tenemos una inclinación o condicionamiento genético hacia la cooperación, sino al egoísmo; sin embargo, los evolucionistas reconocen una predisposición biológica (Ej. neuronas espejo) que, bajo determinadas “circunstancias culturales”, activa la empatía y la compasión. Por tanto, la clave en el futuro inmediato estará en la defensa de “mitos compartidos” que fomenten, por ejemplo, la dignidad humana, el respeto por la ecosfera, las libertades y “las igualdades”, y desactiven, por ejemplo, las narrativas de la exclusión (el racismo, la homofobia, el patriarcalismo), la avaricia (capitalismo financiero), la codicia (de los políticos y mafiosos, por ejemplo), el miedo (autoritarismo), el odio (populismo), el resentimiento o la envidia social.

*Profesor Universitario.

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