Taxis

17 de abril de 2010 12:00 AM

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Si circulan vacíos, van despacio; si circulan ocupados, son una amenaza: van a toda y con ímpetu de artilleros. Si no tienen pasajeros, pitan y pitan detrás de los transeúntes; si los tienen, los aturden con la música a todo volumen. Nunca le preguntan al pasajero si le molesta el reguetón, el vallenato o la prédica exaltada de un pastor. No son todos pero son muchos. Me he encontrado con taxistas amables, respetuosos y discretos. Circulan a velocidad razonable, cobran las tarifas correctas y ponen la música a volumen aceptable. Por eso me parecen más impertinentes y maleducados los otros. Pienso que para que la cultura ciudadana sea de verdad un valor en el progreso en la ciudad, las excepciones deberían ser regla. No creo que el problema sea del gremio, que seguramente está compuesto por personas respetables. El problema es que ni el gremio ni las autoridades controlan este desmadre. Se conocen las normas, se violan, pero no se sancionan. ¿Por qué diablos ir pitando detrás de los transeúntes? Es una tontería: el que necesita el servicio levanta la mano y lo pide. ¿Por qué pitan a toda hora?, me preguntaba una amiga extranjera. No pude responderle. Le dije, para salir del paso, que el ruido era un componente de la cultura Caribe. Aunque no era la respuesta correcta, explicaba por qué la música se pone en volumen tan alto, por qué se la imponen al vecino, por qué circulan por las calles esos decibeles de pánico que algún chicanero exhibe en su ego rodante. Venía hablando de los taxistas y a ellos vuelvo. A sus tarifas arbitrarias cobradas según el marrano; al irrespeto a los usuarios, a la manera de circular vacíos o llenos. Si van a la cacería de clientes, frenan sin avisar a quien viene detrás. No quieren saber que este servicio no tiene que ir a la cacería de clientes. Nadie coge un taxi porque le revienten los tímpanos sino porque lo necesita. Entiendo y acepto que andan trabajando, que “la situación está difícil”, ajá, que “la oportunidad es pa’aprovecharla”, ¿me entiendes?, pero circular pitando detrás de nosotros o abusar de forasteros y extranjeros cuando preguntan cuánto deben es la peor de las inversiones. A corto plazo, se pierde más de lo que se gana. Hace muchos meses hablé del uso indiscriminado del pito en ciudades como Cartagena. Un sonido hecho para llamar la atención a conductores y transeúntes, concebido para advertir del peligro, se usa para nada y por nada como ruido agresivo y molesto. El día que quiera usarse para lo que fue inventado, pasará lo que pasa en la fábula de El pastorcito mentiroso. De tanto gritar “¡viene el lobo!”, nadie tomará en serio el pito de los carros. ¡Y ahí vendrán las sorpresas! Tengo un gran respeto por los particulares que prestan servicios públicos como el transporte, pero a veces me da por pensar que quien dirige el tránsito no son los agentes sino los sparrings de los buses. Entre taxis y buses, vuelven invivible la ciudad. ¿Por qué Cultura Ciudadana no programa un día sin pito? Nos llevaríamos sorpresas muy gratas. *Escritor salypicante@gmail.com

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