Columna


Templanza

SOQUI RODRÍGUEZ

19 de septiembre de 2020 12:00 AM

Los romanos y la iglesia cristiana primitiva denominaban ‘temperancia’ (templanza) a la capacidad de contener el exceso emocional. La preocupación por gobernarse a sí mismo, controlar impulsos y pasiones intentaba ser aparejada al desarrollo de la vida en comunidad, pues una emoción excesiva que se prolongase más allá de lo prudente, ponía en riesgo la propia estabilidad y podía traer consecuencias.

Hoy, muchos años después, los colombianos parece que no hemos logrado esa ‘Temperancia’. Vivimos en un país cargado de odios que nos mueven a ser violentos incontrolables. Pareciera que la única forma que encontramos de arreglar las diferencias es a gritos, golpes, calumnias y en general todas las formas de intimidación.

No logramos una comunicación asertiva y equilibrada para defender nuestras posiciones, informar nuestras ideas o defender nuestros derechos sin perjudicar o herir a los demás. Si marchamos, aprovechamos para romper vidrios y destruir almacenes. Si nos contradicen, levantamos la voz, insultamos, damos golpes y sacamos las armas; ofendemos en las redes sociales sin ningún tipo de consideración y hasta las autoridades se pasan de ‘piña’; opinamos desde el desconocimiento total y somos ciudadanos irresponsables que mal informamos intencionalmente sin medir el daño que haremos en los otros.

Las noticias amarillistas son más vendidas que los hechos humanos. Los noticieros parecen obituarios que solo hablan de masacres y presentan políticos que se gastan el tiempo peleando por sus intereses personales. No hay un comportamiento comunicacional maduro en el cual no se agreda o se manifiesten las convicciones sin violar los derechos de otras personas. Nos hemos convertido en una nación llena de rencores, donde los malos gritan más duro que los buenos, se sienten en la libertad de mentir acaloradamente y descalifican a quienes actúan bien, pero en contra de sus principios aunque estos se basen en violencia y atropello. Mientras, argumentan su barbarie. Lo más triste es que el aprendizaje humano se construye y la mente de las personas elabora nuevos conocimientos a partir de enseñanzas anteriores. Entonces, ¿qué estamos enseñando a las próximas generaciones? Estamos legando un país donde no se respetan las razones y principios ajenos. Las diferencias se hacen sentir a base de insultos, vandalismo, golpes y asesinatos. Los ricos son malos y los pobres son buenos; las empresas victimizan y los empleados son las víctimas; Y todos los policías son asesinos. Al final, El fin justifica ‘mis Medios’, la rabia es un motivo y la cultura ‘del vivo’ se aplaude. Hemos involucionado socialmente y retrocedido en vez de avanzar.

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