Terna y angustias

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Cuando se pensaba que la administración de la ciudad se encontraba medianamente estable en lo posible de la interinidad de un gobierno encargado, las últimas semanas nos han regresado a la incertidumbre de lo perecedero y provisional en que se ha convertido la gestión de los destinos de Cartagena de Indias. El Partido Conservador haciendo uso de las facultades previstas en la Ley 1475 de 2011 ha estructurado una terna para suplir la vacancia definitiva del cargo de alcalde Mayor, en la cual excluye a su copartidario y dirigente señor Pedrito Pereira, quien en estos meses de gestión ha logrado aceptación y respeto ciudadano.

El Partido Conservador fue quien dio el aval a quien se encontraba inhabilitado para participar en un proceso atípico de elecciones, pese a que era su deber presentar en esa ocasión a un candidato apto, y ahora no tiene sanción alguna por su error, conservando la potestad de designar a los ternados para cubrir las consecuencias de su omisión previa de selección. Falencias de la normatividad que permiten la audacia y la prosperidad de las intenciones particulares de dirigentes de agremiaciones de intereses que hace mucho perdieron el carácter de instituciones democráticas mediadoras entre los electores y los órganos estatales.

Importan los juegos de sumar y restar en la caja pública de los cartageneros y de los contribuyentes, que de tiempo atrás se ha convertido en botín de unos pocos ávidos de los lucros inmediatos del presente, ciegos a los supremos intereses colectivos, al bien común y a los imperativos del futuro sostenible de la ciudad. Así mismo, son más esenciales los malabares del poder en las manos de los dirigentes nacionales y locales -satisfechos o insatisfechos con los resultados del reparto milimétrico en los cuadros de los cargos directivos y OPS de la burocracia distrital- que consolidar la estabilidad precaria de la dirección de la urbe en el semestre final del cuatrienio nefasto que hemos vivido. Tal vez la realidad tal como es, que es el principio de la iluminación, se está mostrando de manera diáfana: esto que nos pasa es lo que venimos siendo desde hace mucho en Cartagena de Indias. De nuevo se hace evidente que nada hemos aprendido de las experiencias políticas e institucionales de los últimos años. Apegados a nuestras mezquindades del “cómo voy yo” y del “quítate tú pa’ ponerme yo” hemos perdido la noción de los conceptos de sacralidad laica que fundan la democracia, entre otros, el interés general, el servicio público, la rendición de cuentas, la transparencia, el respeto por el elector.

Somos buenos rasgándonos las vestiduras en foros públicos. Somos perfectos juzgando la falta ajena que en nosotros es audacia. Somos creativos para proponer soluciones y lentos para involucrarnos en tareas colectivas que exigen sacrificios personales.

¡Nos falta recuperar la decencia y sentirnos avergonzados!

*Abogada. Doctora en Historia y Artes

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