Columna


Tierrabomba y sus demonios

JESÚS OLIVERO

27 de agosto de 2016 12:00 AM

Ante tanto júbilo por la firma del acuerdo de paz, a la cual todos los colombianos deberíamos apoyar sin reparos, esperamos un cambio positivo hacia la forma en la que el país crece en su entorno social. Tal vez tengamos menos policías, soldados, niños y abuelitas muertas, ninguna masacre, secuestro o atentado, pero aun así, muchas otras cosas seguirán escalando para acentuar esa brecha económica y social inmensurable, a la que nos acostumbramos sin remedio en el país. Es decir, la paz no será sinónimo de equidad ni de justicia social.

Un caso clásico es lo que ocurre en el Chocó: la gente está cansada de lo mismo, la pobreza, el abandono, la corrupción, la falta de oportunidades y la contaminación, entre otros problemas; arraigados en el Pacífico, pero también aquí en el Caribe, en la ciudad propuesta para firmar la paz. Tierrabomba es ejemplo de ello, una isla con demonios que la acechan en todas direcciones, amenazando la supervivencia de sus comunidades étnicas, dueñas de todo y de nada.

Esa isla es una moneda de oro, por un lado, y por el otro, pura hojalata remendada con bolsas de basura. Allí muchas comunidades no tienen agua potable, el servicio eléctrico es pésimo, la salud y educación son un verdadero lujo. Varias obras gigantescas tienen a sus habitantes contra la pared. Las comunidades exigen respuestas, celeridad a compromisos que el estado no ha cumplido, y requieren mayor atención y seguimiento a procesos de consulta previa en los proyectos. Todo esto ocurre mientras personajes ilustres del país, incluyendo concejales, senadores y hasta figuras del primer orden ejecutivo, usan el margen occidental del pedazo de tierra para levantar sus mansiones vacacionales y sitios de recreo.

Los demonios, de distintas nacionalidades, sabores y colores, también aparecen con cada gota de residuos contaminantes depositados en su patio, la Bahía de Cartagena. Lejos de ser simples espantos, los químicos son reales, de distinta naturaleza y han sido medidos en peces. Los mismos servidos en los restaurantes gourmet de la heroica, el deleite de los altos ejecutivos industriales, y cuando se pesca, la única fuente de proteína para muchos niños de la isla, y en general, de los alrededores de una de las zonas industriales más importantes del país. 

Tierrabomba debe convertirse en otra realidad, en un campo de batalla para la paz, con una planta desalinizadora capaz de dar agua potable a las comunidades, un parque eólico para las necesidades energéticas, obras de calidad para protegerlos de la desaparición forzada con el cambio climático y los pequeños tsunamis de los grandes barcos, todo de la mano de una verdadera acción social sostenible, suficiente para darles dignidad sin marginarlos por completo del aparente desarrollo contemplado al otro lado del charco.    
*Profesor

@joliverov