Columna


Transformar la normalidad

PABLO ABITBOL

02 de junio de 2023 12:00 AM

En Cartagena hay ciertos tipos de actores cuyos comportamientos generan microviolencias cotidianas que, al acumularse, contribuyen a crear una normalidad disfuncional que a su vez produce caos, incertidumbre y estrés en la sociedad.

Paradójicamente, estos generadores de microviolencias cotidianas también hacen parte de empresas privadas o entidades públicas que deberían, y podrían, asumir un rol protagónico en la transformación de un conjunto de comportamientos dañinos que han venido siendo normalizados.

Pensemos, por ejemplo, en los conductores de buses y busetas que circulan a velocidades excesivas, acosando, pitando y frenando abruptamente en cualquier lugar.

Su mal comportamiento genera altos niveles de ruido, sobresaltos, inseguridad vial y una angustia latente entre quienes tienen que compartir la vía y la vida con ellos. La normalización de dichos comportamientos —esa aceptación tácita como algo a lo que no queda otro remedio que adaptarse porque se percibe como algo inmutable o imposible de cambiar— genera una cotidianidad opresiva sobre la salud mental de las personas.

Estos efectos psicológicos redundan en una mayor disposición general entre la ciudadanía a adoptar todo un espectro de actitudes y comportamientos nocivos, generándose así un círculo vicioso tremendamente difícil de desenquistar de los patrones culturales que ello va estructurando.

Algo similar ocurre con los taxistas que circulan por las calles violando sistemáticamente las normas de tránsito.

Su mal comportamiento no solo genera inseguridad vial y estrés cotidiano, sino que además produce un efecto de adaptación e imitación por parte de los demás conductores.

Y así también pasa con servidores públicos que, como principalmente ocurre con la policía, andan orondos violando las normas que ellos mismos tienen el deber de proteger.

Por supuesto, estos tipos de actores empresariales e institucionales no son los únicos que imponen la moda de la violación sistemática de las normas cívicas de la cultura ciudadana, pero sí deberían, al menos, ser los únicos que no lo hicieran. En ese orden de ideas, el mismo problema plantea la oportunidad de cambio.

Ciudades como Cartagena requieren un liderazgo político, gremial y empresarial que permita constituir un gran pacto cívico por la transformación de comportamientos nocivos que han sido normalizados.

Desarrollar estrategias pedagógicas e instituir esquemas de incentivos en las entidades y en las empresas podrían ser factores decisivos del cambio social que necesitamos.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesor del Programa de Ciencia Política y RR. II., UTB.

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