Tres casas

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Yo no tengo plata, sólo escribo. Tal vez mis peleas con los bolsillos se deban precisamente a eso: ocuparse en un trabajo que no extraña fajos de billetes cuando tiene fajos de palabras. Un oficio para masoquistas, dice un buen amigo del colegio. Siempre sonrío porque reconozco que, en cierta forma, aquella frase es verdad.

Ahora, mi esposa quiere una casa. Una con puertas, cuartos y ventanas que se compran con dinero, no con palabras. Todas las noches la miro de reojo en la cama, buscando en el celular ofertas que valgan la pena. A veces se queda dormida con el aparato en las manos y la pantalla me muestra aquellos recintos de precios inverosímiles con sus baños hermosos y sus balcones imposibles.

En lo profundo de sus sueños, la mente de mi esposa ha de ser un país de tierras baratas donde se alzan condominios con vacantes perpetuas. Donde bienes y raíces es sólo el nombre de una tienda verdulera. Quisiera creer que en los barrios tranquilos de su cerebro, ella arranca muerta de risa cada cartel de “SE VENDE” que encuentra a su paso.

Mi esposa desea una casa y yo nada más escribo. Unas letras tras otras pueden hacerte un hogar pero no te construyen una casa. No hay frase que sirva como un techo para aguantar la lluvia, a menos que sea una oración chamánica. Y yo de chamán tengo muy poco. Estoy peleado con los bolsillos y los elementos. Pero algo sí sé y es escuchar música. Se me da bien armar largas listas de vallenatos. Hay días donde esas canciones me revelan el sentido del mundo y la gracia de esta vida. Fue con ellas que encontré el catálogo de casas que le presento a mi esposa todas las noches antes de que piense que debe dormir para entrar en las viviendas que se merece.

Son los momentos cuando las palabras sirven de algo. Procuro llenar nuestra habitación matrimonial con casas que están vivas en los vallenatos. Entonces mi esposa escucha “La casa ronera” de Camilo Namén en la remota versión de Alfredo Gutiérrez. Se trata de una casa de material que tiene un detector de borrachos en la puerta, un robot que hace los mandados y una terraza de arquitectura japonesa que se mueve de un lado otro para solazar las parrandas. Después cantamos juntos “La casa en el aire” de Rafael Escalona y reímos con la historia del palacio sostenido por ángeles que sólo acepta las visitas de los aviadores. Y, por último, yo entono “La casa” de Carlos Huertas, en la legendaria interpretación de los Hermanos Zuleta, especialmente los versos que dicen que si ella se va, yo vendo barata la casa para que nada ni nadie me recuerde a la dueña. Así se nos pasa el tiempo, al escritor limpio y a la cajera inquieta, arrendados en un apartamento de estrato medio pero amos y señores de tres casas de letras.

*Escritor.

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