Columna


Tristeza y pavor

ENRIQUE DEL RÍO GONZÁLEZ

07 de junio de 2022 12:00 AM

Es triste ver cómo la vida de un ser humano se apaga en un segundo por el capricho de todo aquel que se crea en el sagrado derecho de arrebatársela.

Hace varios años conocí a un abogado joven e inquieto que recién iniciaba en el ejercicio del derecho penal, era intrépido, jocoso, curioso y sobre todo enérgico. Nunca tuvo ningún alias, pero él con orgullo se autodenominó “El Metralleta” y así lo hizo porque consideraba que en audiencia tenía un contundente despliegue argumentativo en ráfaga que dejaba sin posibilidad alguna al contrincante. Carlos Enrique Morales Solano a quien despedimos de este mundo de formas la semana pasada, fue víctima del impacto cruel de un sicario que le segó la vida para siempre, dejando a los suyos sumergidos en llanto.

Esa es la realidad de Cartagena y en general la de todo el país, aquí la sensación de inseguridad es cada día más grande, percibimos el peligro en todas las esquinas y, como lo he dicho antes, no hay lugares vetados, pues en cualquier espacio de esta ciudad puede atracar la desgracia. Los facinerosos llegan, cometen sus fechorías y salen sin ningún tipo de tropiezo, no tienen miedo, se sienten seguros, una seguridad que no deja de ser extraña y absolutamente lamentable.

Es paradójico que una sola bala opacara para siempre a todo un arsenal de alegría, eso era Carlos. Hoy sus familiares, colegas y amigos lamentan profundamente su deceso, esta situación nos advierte lo frágiles que somos y nos recuerda lo sencillo que resulta para cualquiera determinar la muerte de otro. Como abogados caminamos por campos minados debido a la naturaleza de los conflictos que tratamos de solucionar, eso nos vuelve una presa fácil. Las personas cada vez son más intolerantes y no me canso de decirlo: confunden al abogado con el cliente, la causa y peor aún, con el rol que se representa, lo que nos convierte en víctima de una sociedad de odios, en la que todo vale con tal de lograr un objetivo, desahogar los egos, desafiar el esquema de paz y por qué no, aflorar los sentimientos de envidia que hacen que la existencia de otro simplemente repugne.

Callar no es una opción, el silencio siempre se hace cómplice y estimula al enemigo, por eso hoy alzo mi voz y rechazo este y todos los atentados en contra de abogados en el ejercicio de la profesión, necesitamos alertar a las autoridades locales y nacionales, para que pongan la atención debida a esta inseguridad que se vive en Cartagena. El mes de mayo fue terrorífico, 35 muertes violentas de las cuales 23 o más fueron por sicariato y en lo corrido del año van más de 150 homicidios. Es una situación verdaderamente horrorosa que nos pone en un lamentable ranking a nivel nacional, estamos en una ciudad peligrosa en la que con o sin motivo podemos encontrar la desgracia en un abrir y cerrar de ojos. Dios nos acompañe y a Carlos lo tenga en su santo reino.

*Abogado.

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