Columna


Tuberculosis

CARMELO DUEÑAS CASTELL

04 de octubre de 2023 12:00 AM

No ha habido en la literatura universal un mejor pintor que él. En extensas páginas, con prolongadas y vividas descripciones, entre comas, puntos y algunos diálogos, dibujaba escenas tan reales que en el papel quedaba plasmado el cuadro completo de la vida de su personaje autobiográfico, enterrada bajo la mirada de un ángel que, cual estatua petrificada, vio el paso de los años desde el niño hasta el joven que huyó a estudiar persiguiendo sus sueños y contrariando a su madre.

Con magistral lentitud y minuciosa exactitud delineaba personajes y situaciones en extensas páginas con fluida prosa y descarnado realismo. Así pintó las enrevesadas relaciones de familia, desde Gilbert, el abuelo peleador de gallos y borracho disoluto, Oliver, el padre, hasta el nieto, Eugene Gant, representación autobiográfica. Nítidamente dibujado hasta el mínimo detalle en Del tiempo y el río.

En retrospectiva no queda claro cuándo empezó la malvada enfermedad. Pero lo hizo con camaleónica volubilidad, en veces una banal y prolongada gripa o una delicada neumonía. El sudor en sus manos, las fiebres ocasionales, su inexplicable pérdida de apetito y de peso. Todo eso y más fue la terrible enfermedad. Podría pensarse que los desvaríos mentales, su caótica vida personal, el mal trato hacia personas que lo apreciaron tanto como su editor y Scott Fitzgerald fueron el camuflaje de un posible tumor cerebral con que los médicos diagnosticaron sus problemas mentales que lo trasformaron en una persona agresiva, arrogante, disoluta, inestable cual orate cuando en realidad solo fue la meningitis tuberculosa.

A Thomas Wolfe no le alcanzó la vida para que la Fundación Nobel reconociera el craso error histórico de no haberle conferido un premio nunca antes mejor merecido.

Por esas calendas, el diagnóstico era difícil e inútil pues no existía tratamiento alguno. Vergüenza da que, aún hoy, una enfermedad prevenible y curable siga causando más de 1,6 millones de muertes por año en el mundo y más de tres muertes diarias en Colombia. Vergüenza debería dar que el paciente sea segregado cuando la enfermedad no discrimina por género, raza, condición social o estado económico. Por ello y más fue que la semana pasada, en el exitoso congreso colombiano de neumología y cirugía de tórax, se reunieron cientos de expertos para tratar, además de todo lo concerniente a patologías respiratorias, lo más moderno en el abordaje diagnóstico, preventivo y terapéutico de la tuberculosis. Claro, todo parte de pensarla y descartarla en todo paciente “sintomático respiratorio”. Al debía ser el suplicio de la malhadada enfermedad que, años antes de fallecer, escribió “la muerte, el último viaje, el más largo y el mejor”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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