Tugurios: heridas abiertas

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Aseguran que Abel organizó los jardines, fertilizó los bosques y protegió las cañadas del Paraíso Terrenal mientras Caín, en represalia, planificó las ciudades hoy convertidas en selvas de odio, cemento y soledades.

En nuestro caso, Cartagena de Indias, fue fundada por Pedro de Heredia, el 1 de junio de 1533, sobre las osamentas y los sueños de los indómitos Indios Caribe, a quienes solo pudo arrodillar cuando les cortaban las piernas.

Desde entonces las chozas de los nativos construidas en armonía con la Madre Naturaleza, dieron paso a los primeros asentamientos urbanos bautizados con nombres sacrosantos: Santa Catalina, La Merced y San Sebastián, construidos con mamposterías, ladrillos y tejas, servidas por indios encomenderos, ladinos o esclavos africanos, todos ellos considerados animales de carga o domésticos, sin alma ni sentimientos.

Paralelo al desarrollo urbanístico de la nueva urbe aparecieron los primeros tugurios en zonas inhóspitas, encharcadas, plagadas de mosquitos y serpientes, ancestros de El Pozón, Mandela, Henequén y de todo el cinturón de miseria que circunda y asfixia a la Cartagena de hoy, desparramándose en las estribaciones del Cerro de La Popa y en las orillas pantanosas de la Ciénega de La Virgen.

Aquí, según las últimas mediciones, somos alrededor de un millón de habitantes y un tercio de ellos son pobres o viven en condiciones de miseria, proporción que no se ha modificado durante 487 años. Hoy, por lo menos, treinta y cinco mil personas pisoteadas por la ‘pobreza extrema’ se acuestan y se levantan con el estómago pegado al espinazo, eso sí, con sus sagrados derechos constitucionales intactos, pero inútiles. Semejante crueldad se transforma en combustible de voraces incendios sociales y, sin importar el color de la ideología de la turba embravecida, la indignación solo desaparecerá cuando vaya de lazo con la canasta familiar.

Por supuesto que merecemos vivir y morir tranquilamente en un lugar donde se respete al ser humano en todas sus dimensiones. ‘La ciudad es la gente’ y nada ni nadie nos impedirá soñar con una Cartagena sin hambre ni tugurios. ¡Manos a la obra! Acompañaremos, irrestrictamente, al actual gobierno en la cruzada de apadrinar, dignificar y restaurar con hilos de justicia social y misericordia, el enjambre de nidos destrozados por la avaricia de aquellos acostumbrados a vivir pegados a la ubre de ‘La Fantástica’, mientras la pobre gente, aún como esclavos, divide y divide hasta el último granito de arroz, suplicando que del cielo lluevan los milagros que debería parir la democracia.

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