Turbaco: entre el coraje y el deshonor

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Turbaco, municipio colombiano, a veinte minutos de la calurosísima Cartagena de Indias, es santuario de perplejidades.

Posee un clima acogedor, colinas empinadas a 200 metros sobre el nivel del Mar Caribe, rodeadas de vegetación perpetua y el sortilegio del arroyo de Matute.

Este pequeño paraíso logró atraer a grandes personajes que buscaban refugio y sosiego: el Virrey Caballero y Góngora, Humboldt, Simón Bolívar y el tristemente célebre general Antonio López de Santa Anna, nueve veces presidente de México, a quien se le endilga, como a Judas, la pecaminosa entrega, por unas cuantas monedas, de gran parte del Reino de los Aztecas.

Paradójicamente el desterrado ‘vende-patria’ construyó su hacienda en el territorio ancestral de los Indios Yurbacos, célebres por su coraje, capaces de ofrendar sus vidas por su terruño, los mismos que derrotaron con flechas envenenadas al conquistador Alonso de Ojeda, pero que sucumbieron ante el despiadado Diego de Nicuesa, quien logró arrodillarlos cortándoles las piernas y, dejaron de luchar solo cuando los decapitaban. No quedó indio de muestra, y el 8 de diciembre de 1510, sobre sus osamentas, fundaron el nuevo asentamiento hispánico.

Por su parte, Santa Anna, cobardemente derrotado en la Batalla de San Jacinto, entregó los extensos y riquísimos territorios de Texas a los gringos y, como si fuera poco, se embolsilló 10.000 dólares y, sin permiso del Congreso, negoció a California y Nuevo México.

El destierro lo condujo a Cartagena y luego a Turbaco, buscando ambiente fresco y tranquilo, pero llegó maltrecho, tanto que le amputaron una de sus piernas temiendo fatídica gangrena. Santa Anna, anticipándose a Macondo, la colocó en fino ataúd y, en medio de honores religiosos y militares, le dio cristiana sepultura en el mausoleo presidencial.

En contraprestación a la afectuosa acogida, ‘Pata de palo’ construyó carreteras, restauró la iglesia, el cementerio y una hermosa casona ocupada ahora por la Alcaldía Municipal de Turbaco; impulsó la ganadería, gallos de pelea, cultivo de caña, tabaco y, sobre todo, dejó incalculable y mexicana descendencia, encubierta en apellidos de sus amigos. Menos mal no quedó herencia qué repartir y sí miles de deudas por cancelar. Y es que el general viajaba frecuentemente a su país, pero retornaba a Turbaco; sin embargo, prefirió morir en su patria, íngrimo y arruinado, el 21 de junio de 1876.

Después de 143 años, los genes del ignominioso general se perpetuaron, mientras los testículos acerados de los indios Yurbacos, se extinguieron sin remedio.

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