Columna


Turismo tóxico

EDUARDO GARCÍA MARTÍNEZ

16 de octubre de 2021 12:00 AM

Es un hecho que Cartagena sigue siendo el destino turístico más apetecido por nacionales y extranjeros. Así ha sido por décadas y no hay razones por ahora para pensar que tal preferencia pueda cambiar en el gusto y la disposición de los viajeros que ven en la ciudad un lugar ideal para pasarla bien. Una historia fascinante construida a través de los siglos, un impresionante sistema de defensa que incluye murallas, castillos, fuertes, baluartes, garitas y tendales, y un Centro Histórico bien conservado a pesar de lunares evidentes; una arquitectura militar, civil y religiosa que invita a la contemplación, mar cálido, islas de gran belleza, estupenda bahía, centros de convenciones y eventos, hoteles y restaurantes de categoría internacional, nativos alegres y descomplicados, hacen de la ciudad un destino sin igual.

Sin embargo, no hay que dormirse sobre los laureles, motivos de preocupación tenemos de sobra. El principal tiene que ver con un lamentable estado de cosas que desvirtúa la condición de Cartagena como ciudad ideal, evidenciándose de manera especial en el Centro Histórico, la joya de la corona del destino: falta de autoridad, desorden generalizado, suciedad, inseguridad, prostitución descarada y poco combatida, abuso con los precios, informalidad en el servicio turístico, venta y consumo de drogas, ruido, desorden sin control.

Esa frenesí, que estimula el turismo tóxico, se extiende a la zona insular convertida en tierra de nadie donde impera una grotesca jauría de intereses, muy lejana de la planeación y el orden, especialmente arraigada en Playa Blanca, el balneario más hermoso de Cartagena, convertido en un muladar sin servicios de agua potable, alcantarillado ni ordenada recolección de basuras. ¿Los precios? Los ponen en la práctica y de manera arbitraria los regentes de los negocios y quienes cuidan los carros que llegan por vía terrestre.

El problema social en las playas de la ciudad sigue sin resolverse porque no se aprovechó el tiempo de pandemia para hacerlo. Cuando pase el período de restricciones volveremos a ver la magnitud de la situación, con miles de personas buscando el sustento en medio de la incertidumbre de los turistas que no se explicarán lo que estará pasando. Todo ello cuando otras ciudades, regiones y departamentos vienen preparándose de manera juiciosa para atraer a los visitantes, con planeación, orden, servicios profesionales, cuantiosas inversiones con capital público y privado, adecuada promoción nacional e internacional, autoridad para garantizar esparcimiento a los visitantes. Solo basta con echar un ojo aquí al lado, a Barranquilla y el Atlántico, para saber de qué estamos hablando.

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