Un ángel de cristal

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De sus entrañas se alejaron, imperceptiblemente, aromas y humedales, marchitando de paso, ilusiones, hormonas y primaveras.

Sus brazos vacíos, la cuna silenciosa, pronosticaban que nadie los llenaría de sonrisas, tampoco escucharía, el día menos pensado, que la llamaran: “Mamá”.

Pero, contra todos los pronósticos, apareció el milagro tantas veces suplicado, fundiéndose en un solo cuerpo hasta cuando la aurora les tocó la frente con sus dedos de cristal.

Desde entonces, su esposo, inmancablemente, la esperaba para declamarle los versos que Jaime Sabines dedicó a la maternidad: “La cojita está embarazada. Se mueve trabajosamente pero qué dulce mirada, mira de frente. Se le agrandaron los ojos como si un niño también le creciera en ellos, pequeño y limpio. A veces se queda viendo quién sabe qué cosas que sus ojos blancos se vuelven rosas. Anda entre toda la gente trabajosamente. No puede disimular, pero a punto de llorar, la cojita, de repente, se mira el vientre y ríe. Y ríe la gente. La cojita está embarazada, ahorita está en su balcón y yo creo que se alegra cantándose una canción: ‘Cojita del pie derecho y también del corazón’”.

Pero de ahí en adelante, todo fue incertidumbre. Sin embargo, a ella poco le interesó entender la lotería de los cromosomas y sus pronósticos sombríos. Sabía, eso sí, que en sus entretelas germinaba una luz y, para las madres, era más que suficiente por lo que se transformó en pantera ante la mortífera propuesta y no permitió que le tocaran, a su indefensa criatura, ni una sola de sus células.

Después de nueve lunas y dolorosas penumbras, supo que la hora había llegado: se perfumó de la cabeza a los pies, ofreciéndole a su hija la bienvenida reservada a las princesas; dejó correr su manantial de leche mientras enarbolaba cantos de cuna y ungía con sus besos, aquellas manos inciertas, su corazón hecho trizas, sus ojitos rasgados, cuello y piececitos de trapo. Por el contrario, el padre buscó, inútilmente, aquel pecado original que nunca cometió; se acercaba a la cuna como pagando penitencia, sin atreverse a tentarla. Pero una mañana, de improviso, la niña lo tomó de la mano y floreció una sonrisa. “Puedes estar seguro, tu hija te ama profundamente. Ella es un ángel de frágil y sacrosanto cristal que nunca iniciará guerras, tampoco marchitará honras, cielos, bosques ni cañadas. Nuestra hija es uno de esos milagros incomprendidos, sublimes y mansos de la creación”, le dijo su esposa.

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