Un camino nuevo

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La cuaresma, este tiempo litúrgico que hace poco iniciamos, y que nos prepara a la celebración solemne de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, sigue encontrando en nosotros algunos obstáculos que nos impiden acoger la llamada de Jesús: el apego a nuestros propios esquemas; temor a perder seguridad y el aferrarnos a nuestro propio sistema de vida.

La conversión que Jesús predicó en Galilea no buscaba introducir un remiendo en el modelo de la sociedad judía. Su testimonio del Reino confrontó los esquemas y estructuras caducas que se oponían al nuevo rostro de Dios, al nuevo modelo de hombre y al nuevo modelo de sociedad que llegaron con el anuncio del Reino de Dios.

Han pasado más de dos mil años y el evangelio sigue encontrando las mismas resistencias. Vivimos nuestra fe cristiana en la periferia de nuestra existencia, como si fuera un remiendo que añadimos a nuestra vida. Es la tragedia de nuestro cristianismo nos ha recordado el papa Francisco.

Nuestra vida la seguimos configurando según los criterios de una sociedad que para nada se inspira en el evangelio. Si no verificamos la conversión del corazón, mucho menos podremos introducir un cambio que haga diferencia con respecto al estilo de vida de quienes no creen. No sin razón algunos nos dicen que el cristianismo no tiene fuerza para transformar nuestra vida de raíz. Creemos en el amor y en la conversión, en el perdón y la solidaridad y nos decimos seguidores de Jesús, pero vivimos en función del éxito, el intercambio interesado, la competencia y el individualismo.

No obstante, allá en Caná de Galilea, cuando se inauguró el Reino de Dios en la celebración de una boda, Jesús presentó su evangelio como acción transformadora. Como el vino nuevo de la alegría que exige un espíritu nuevo capaz de comportamientos nuevos, relaciones nuevas y estructuras nuevas.

La conversión tiene que ser para cada uno, una sacudida que penetra y orienta nuestra vida, tan llena de deseos y de necesidades. Tiene que “herir” y atravesar, tanto nuestros propios intereses como esas prácticas de vida a las que estamos acostumbrados. Convertirnos es asumir que podemos vivir de manera distinta resistiéndonos a que todo siga igual. Ver nuestra vida de una manera nueva valorando experiencias como el Programa María Revive que en Cartagena se ocupa de los habitantes de la calle y es una gran oportunidad para entender, de manera nueva, nuestra existencia desde la solidaridad y el esfuerzo por humanizar nuestra ciudad y sus relaciones.

Qué bueno que en esta cuaresma no nos dejemos llevar ni por los impulsos de los intereses, ni por la atracción de los objetos, sino por la gracia del evangelio. Tengamos presente que este camino espiritual debe infundir alegría en nuestros corazones y llenarnos de una nueva esperanza. Ayudarán en gran manera, nuestro itinerario, el ayuno, la oración y las obras de misericordia.

*Vicario de Pastoral de la Arquidiócesis de Cartagena.

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