Un día de colegio

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Solo cuando uno se ha graduado y le toca ver los salones de clase desde lejos, en la distancia insalvable del tiempo transcurrido, es posible sentir el aire inconfundible de un día de colegio. Es una sensación que empieza muy temprano, en la oscura madrugada, cuando suenan las alarmas y desde el baño llega el ruido de la regadera. Mamá, en la cocina, tantea la alacena donde cada vaso de vidrio, olla de peltre y plato de porcelana producen un tintineo particular. El padre, en cambio, enciende su radio en silencio y la voz del transistor se esparce por toda la calle, todavía alumbrada por la luz anaranjada de los postes.

Se escuchan entonces las conversaciones. Los buenos días, mami, el desayuno está listo, mijito, la plata de la merienda, papá. Diálogos o gritos que se pierden en el viento frío de la mañana bajo cierta atmósfera de rutina que huele a huevo revuelto con café y salchicha. Esas son las primeras señales de un día de colegio. Los viejos, los bachilleres que cargamos con el peso de los recuerdos, oímos por la ventana el canto de unos pájaros que solo existen de lunes a viernes. Desde allí presenciamos la fuga de los hijos, las motos y los buses del transporte escolar que entran y salen con su tropa de loncheras y morrales. Los años pasan volando, murmuramos con una sonrisa triste, viendo al último de los estudiantes marcharse del barrio.

Solo cuando uno ya ha botado los zapatos del uniforme de diario y regalado la sudadera de educación física, es posible sentir la vibra melancólica de una tarde de colegio. El escándalo azul de las busetas en el crepúsculo. La solitaria geografía de las escuelas vacías. El ámbito fantasmal de las aulas abandonadas en la hora final con el chirrido tierno de sus sillas. Un grupo de alumnos corretea y ríe en la avenida. Otro se detiene a comprar comida en una mesa de fritos. Concentrados en la juerga de su día a día, ignoran que el momento que viven tiene fecha de vencimiento. Algún día, cuando en las paredes de su cuarto cuelgue el cartón de grado, intentarán volver a comer estas frescas tardes y descubrirán que el tiempo nada más les ha guardado dos o tres cáscaras podridas.

Alguien podría advertirles. Decirles, por ejemplo, que la vida no va a ser la misma siempre o que el paraíso de la infancia es un templo de hielo destinado a perecer bajo el sol de un mediodía pubescente. Pero no le creerían. No podrían imaginar este puñal de tiempo. No sin sufrirlo luego, en la adultez inevitable.

En un día de colegio la noche adquiere un rostro de noticiero de las siete, de propaganda de Bretaña, de cena preparada con bastimentos comprados en una tienda. En viejos patios y terrazas los perros ladran, despidiendo una jornada cualquiera que jamás regresa.

*Escritor

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