¿Un día sin carro? mejor, sin hambre

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La crisis petrolera de 1973 estimuló alternativas tendientes a desincentivar el uso masivo de los automotores, promoviendo medios de transporte amigables con el medio ambiente, pero solo hasta 1994, Francia, Islandia y Reino Unido aprobaron, oficialmente, guardar al menos por un día el automóvil, designando el 22 de septiembre para dejar en remojo los marchitos pulmones de las grandes urbes.

Durante el ‘Día sin Carro’ midieron también la calidad del aire y establecieron indicadores íntimamente relacionados con el incremento de las agresiones fatales a nuestra salud, por cuenta de las partículas carburantes.

Los objetivos pedagógicos fueron contundentes: visibilizar otras opciones de transporte distintas al automóvil, como la bicicleta, el transporte público y los zapatos.

En Colombia, Bogotá estrenó esta iniciativa ciudadana el 24 de febrero de 2000, liderada por el alcalde Enrique Peñalosa, después de celebrar una consulta popular. De todas maneras llovieron críticas, calificándola de ilegal e improvisada.

En Cartagena de Indias, 19 años después de aquella exitosa experiencia, los honorables concejales buscan implementar el ‘Día sin Carro y sin Moto’, escogiendo el próximo 22 de septiembre, con el loable propósito de disminuir la contaminación ambiental y, de paso, estimular nuestra enclenque cultura ciudadana.

Pero uno se pregunta si tal medida debe, como lo hicieron en la capital del país, consultarse previamente a la comunidad, pues en los cuatro meses que restan para implementarla, tendrían que garantizarle a los ciudadanos plena y fluida movilidad, situación imposible de conseguir aún en condiciones normales, pues Transcaribe no da abasto, los buses municipales permanecen atiborrados e inseguros y las ciclovías hoy solo existen en la imaginación de los cabildantes.

Nadie duda de la buena fe de la iniciativa, pero tendrá que aterrizarse con cabeza fría, alejada del tufillo pre-electorero que nos invade y agobia.

Cartagena no es la ciudad que todos merecemos. Reconocida mundialmente por sus dolorosos contraste sociales, sería más loable cambiar el ‘Día sin Carro y sin Moto’ por el ‘Día sin Hambre’, o al menos un segundo sin corrupción, sin mendigos, sin microtráfico, sin prostitución infantil, sin negación de los servicios médicos, sin escuelas destechadas, sin fleteo ni peajes, sin muertes violentas, sin abuelos desamparados.

Las llagas que carcomen los Derechos Humanos de los cartageneros son tan antiguas y dolorosas, que la inconsulta y apresurada iniciativa nos transportará de nuevo a la época impositiva del Virrey Eslava, o quizás a los tiempos plomizos de la Patria Boba.

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