Un paisaje de cinco mil

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Si esta historia que acaba de sucederme hubiera ocurrido hace setenta años, probablemente comenzaría hablándoles de un tren. En especial de un tren que pasa por Aracataca, en las profundidades del Magdalena. Pero hace ya mucho tiempo que fueron desmontados aquellos míticos vagones y sus rieles. Al menos para las personas. Hoy, si quieres llegar a uno de los tantos pueblos del Caribe perdidos entre las plantaciones de banano, tienes que embarcarte en un bus interdepartamental; pasar de la legendaria estación ferroviaria a la ordinaria terminal de transportes. Y yo, como soy un hombre de este siglo, me monté en un bus de Brasilia. Allí, en el asiento número cuatro de la flota 6697, viví mi relato.

Empezó con un viaje a Aracataca que el Centro Gabo me encargó para que pudiera escribir sobre los lugares que solía frecuentar en su niñez el escritor Gabriel García Márquez. De todas las rutas disponibles, escogí la que me llevaba en bus desde Cartagena hasta Fundación, y desde Fundación, en moto, hasta Aracataca. En el primer trayecto compartí asiento con un militar que regresaba de su batallón. Estaba vestido de civil y tenía un morral del ejército sobre sus piernas. Una cadena con dos plaquitas metálicas brillaba por encima de su camisa. No nos dijimos nada durante gran parte del viaje, yo estaba ensimismado en los árboles que pasaban de largo desde la ventanilla y él parecía concentrado en su celular. Sin embargo, al cabo de un buen rato el tipo me tocó el brazo y preguntó si podía aceptar una propuesta. “Te quiero comprar la ventanilla por cinco mil pesos”, me dijo. La frase sonó ficticia. Hasta entonces me había embarcado en taxis, busetas, colectivos, aviones y jamás alguien me había ofrecido plata por la ventana. Quise reírme por lo insólito del momento pero entendí que para el militar aquel asunto era particularmente serio. Sus ojos me examinaban con tanta intensidad que incluso sentí que estaba obligado a aceptar sus términos. Qué más daba, igual iban a ser cinco mil pesos que ganaría sin despeinarme.

Así que intercambiamos asientos. Después de eso, el militar no volvió a hablarme. Yo lo observé todo el trayecto. Imaginaba qué podría ser tan importante en esa ventanilla para que hubiera tomado la determinación de comprarlo. Pensé en las estaciones de gasolina y el solitario aire de sus hierros oxidados, en los árboles de totumo con sus frutos guindando como cráneos de ahorcados y en las infinitas prendas de ropa colgadas en el alambre dulce de las cercas. Qué valía cinco mil pesos. Solo cuando el bus se detuvo en Baranoa lo descubrí. No habíamos terminado de frenar cuando el militar comenzó a hacer muecas y payasadas tras el vidrio empañado. Y era que en el andén lleno de gente, una niña lo miraba.

*Escritor

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