Un Recreo en Los Alpes

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El progreso trae sus bondades y sus maldades.

Hace 50 años a los pelaítos de barrios como El Socorro y Blas de Lezo nos gustaba pasear por las calles de urbanizaciones como Santa Mónica, El Recreo y Los Alpes. Algunos de esos paseantes habíamos nacido o conocíamos la experiencia de las zonas rurales con sus árboles y sus caminos perfumados por la lluvia.

Un paisaje parecido se dibujaba en esas tres urbanizaciones, conformadas por casas enormes, como construcciones campestres, con árboles en las terrazas y patios sembrados de frutales.

El otro componente del panorama era el silencio. Algo tenían esas urbanizaciones que carecían de la bulla vecinal y del amontonamiento esquinero de los barrios populares. Lo máximo que se alcanzaba a ver era a un viejito sentado en una mecedora leyendo El diario de la costa; o a un tendero sirviendo a una clientela escasa, que poco se demoraba intercambiando chismes.

Y entonces, apareció el “progreso”. Las calles y los servicios públicos mejoraron, indiscutiblemente. Tanto mejoraron que llegaron los nuevos vecinos atraídos por los apartamentos que ofrecían los constructores de edificios, cuyos residentes se volvieron clientes de grandes establecimientos comerciales, desde los cuales la seguridad se puso en vilo.

En Los Alpes y El Recreo, lo que antes era una bendición se tornó en maldición: sus calles sirven para entrar y salir por cualquier lado, cosa que entienden muy bien los atracadores motorizados, por culpa de los cuales muchas familias están vendiendo casas, en cuyos espacios seguramente surgirán más edificios y más locales comerciales que rompan el silencio de la centuria pasada.

Hasta vagabundos e indigentes están perdiendo la pelea. Cincuenta años atrás, cualquiera les regalaba un vaso de jugo y hasta una camisa, pero ahora, en medio de las pesadas cortinas que ha instalado el miedo, la sola presencia de esos personajes infunde terror.

Algunas calles continúan silenciosas y solitarias, pero no por la paz pueblerina de otros tiempos sino por el pánico que obliga a levantar altas rejas de hierro, donde antes había una terraza para leer las noticias del día.

Algunas calles se bloquean con barreras tubulares y hasta se prohíben dos en una moto, tanto como se olvida que los bandidos (como la fuerza pública) también estudian inteligencia e ingresan de a uno por moto; o entran caminando, mientras el conductor aguarda en la orilla de la avenida.

El progreso ha ido tumbando árboles y sembrando edificios, sobre los cuales ya no circula el sonido de la brisa entre las ramas. Solo circulan los gritos de los vecinos ante el sonido de un par de balazos. Y se ve una mancha de sangre.

*Periodista.

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