Una corona de espinas

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La vía para lograr el poder era, obviamente, la razón. La razón por encima de la vida, la razón por encima de la historia. Se combatió todo aquello que fuese un obstáculo contra el libérrimo ejercicio de la razón.

Atrás los dogmas, las verdades reveladas, los estorbos a la autonomía del intelecto humano. En consecuencia, el sumo valor para la vida y la actividad pasó a ser la libertad. No la libertad para buscar un fin, sino la libertad como fin en sí mismo. La justificación para el sistema político liberal, consistió, lógicamente, en el establecimiento y garantía de libertad del hombre, de la igualdad o, mejor aún, del igualitarismo jurídico y de ciertos derechos intangibles por el poder público. Los dirigentes de la sociedad, ya no como justificación, sino como objetivo, buscaron con afán el “progreso” y la riqueza, que muchos confundían. Luego vinieron las reivindicaciones colectivas.

Con la irrupción de la necesidad de satisfacer necesidades sociales, la justificación del poder se basó en la “eficiencia”. La eficiencia económica, primordialmente, o la habilidad utilitaria. En consecuencia, los elegidos debían ser, no guías, ni conductores, ni caudillos, ni siguiera estadistas, sino administradores. Esa legitimidad no se basó en la realización de un destino, en la aspiración de una sociedad sin clases... No fue nada por el estilo, sino la democracia electoral; título y no medio, finalidad suprema.

En el siglo 21 crece un afán por la información, la comunicación, y por sus apéndices: la publicidad, la “aparición” y la figuración. Más que ser o existir, eternos y nobles verbos conceptuales de la filosofía, el verbo esencial es aparecer, “estar presente”, llevar un mensaje a más personas.

Así pues, del conocimiento objetivo se saltó al más inflamado subjetivismo, la proyección de imagen, que es esencialmente una irradiación dirigida a valorizar lo propio del sujeto. Un agudo subjetivismo. Y así, lo que importa en esta vida- espectáculo de la información y la publicidad es el rating, la sintonía, la “audiencia cautiva”.

Excesos y necedades de esta civilización del comunicarse, se destaca la misma ignorancia de la Ética, donde la oralidad ramplona y la improvisación se ha hecho una especie de religión hacia el futuro.

Convencer al electorado con eslóganes elementales, cuando no con coaliciones indecorosas, ha fracasado. La Alcaldía ha sido, una corona de espinas para una ciudad procera.

La improvisación tiene que acabar. Hay que estudiar los escalofriantes problemas y presentar fórmulas serias para resolverlos. Hacer de la ética y el trabajo la espina dorsal de la nueva Cartagena. Hay buenos candidatos de distintos matices que presentarán sus análisis y soluciones.

Hay que tener memoria para no repetir errores. Hay que tener ilusiones, para mejorar.

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