Columna


Por una democracia plena

PABLO ABITBOL

21 de mayo de 2021 12:00 AM

Si el bien común existiera objetivamente en la realidad, la política no sería necesaria.

Los seres humanos somos una especie diversa, y de esa amplia y enriquecedora diversidad emergen distintas formas de ver e imaginar un mundo mejor. El bien común, por tanto, no se descubre. Por su propia naturaleza, sólo podrá tener lugar cuando se construye socialmente mediante la toma de decisiones colectivas. Para lograrlo, la sociedad requiere superar una serie de retos importantes. El primero: la inclusión de la diversidad.

Un segundo reto es el reconocimiento de que muchas —tal vez la mayor parte— de las voces que deberían ser incluidas en las decisiones colectivas que definen socialmente el bien común han sido y son sistemáticamente silenciadas. Esto es particularmente cierto en los países que aún hoy cargan en sus instituciones, pero especialmente en su cultura, con el lastre histórico de la colonización, el racismo, el patriarcado machista y heteronormativo, y la opresión de trabajadores y campesinos.

El tercer reto es casi una paradoja. Por la abrumadora complejidad de los temas que giran en torno a la definición social del bien común, necesitamos medios de comunicación, partidos políticos y líderes en quienes podamos confiar para informarnos y orientarnos. Pero así como una tentación humana es escuchar sólo aquello que se quiere oír, quienes tienen o buscan el poder tienen incentivos para acomodar las palabras a su conveniencia.

Frente a estos retos, el ideal de una democracia plena incorpora tres dimensiones necesariamente complementarias. La primera, una dimensión ética de igualdad que debe encarnar en que cada persona tenga igual peso político en la definición del bien común mediante un voto libre y efectivo. La segunda, una dimensión expresiva de reconocimiento de las voces que han sido históricamente oprimidas y estructuralmente silenciadas. Esta dimensión debe materializarse en la garantía de la libre expresión, la participación efectiva y la protesta social. La tercera es una dimensión epistémica de comprensión mutua y de construcción de conocimiento compartido. De ella deben surgir espacios y procesos deliberativos para el intercambio de visiones y razones entre quienes piensan y sueñan distinto.

La tragedia de la incesante repetición de la violencia política en países como Colombia recae en que una democracia plena fundamenta, pero al mismo tiempo reposa, en un Estado de derecho en el que tanto los poderes como la fuerza públicos estén controlados por la sociedad, y no al contrario.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.

*Profesor del programa de Ciencia Política y RR. II., UTB.

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