Una grave responsabilidad

12 de abril de 2010 12:00 AM

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La entrega de los militares Calvo y Moncayo por parte de las Farc, después de un larguísimo proceso, destinado a sacarle utilidad ante el país y la opinión mundial, ya mostró el vil aspecto oculto de la decisión. Los terroristas han revivido, frescamente, como especie de contraprestación, la exasperante posibilidad de un canje entre delincuentes detenidos por la justicia y políticos, policías y soldados secuestrados. El debate, con sujeción al imperio de la ley, es inaceptable. Porque se trata de cambiar a condenados en juicio por crímenes atroces por ciudadanos inocentes, privados injustamente de libertad, para utilizarlos como mercancía de trueque. De otra parte, la negociación planteada pretende mezclar, en un mismo saco, a protagonistas que no se encuentran en igualdad de condiciones, pues de un lado están los criminales que pisotean de continuo la totalidad de las reglas morales y humanitarias, y, del otro, los representantes de la “majestad de la República”, y la legalidad otorgada libremente. En otras palabras, es un diálogo entre el Estado, personero de las instituciones consagradas en la Constitución, y un puñado de asesinos que buscan la riqueza y el poder con violación de los más sagrados preceptos humanos. En el caso planteado la discusión no debería existir. Porque no son iguales los participantes en el diálogo. De un lado se encuentra la buena fe manifiesta de sucesivos gobiernos y de un pueblo que piden y anhelan sinceramente la paz, y, del otro, únicamente hay trapacerías y engaños. El doble discurso de la guerrilla, expuesto con palabras y con sangre, es un secreto a voces. En ellas no existen lealtades o respeto a los principios. Para los profesionales de la violencia el secuestro es un sucio negocio que ni siquiera tienen el pudor de ocultar. Los plagiados son objetos con un precio. Se ofrecen en el mercado, pública e impúdicamente. Si tiene relevancia política o militar se propone un “canje” por criminales ya condenados. De otra manera, la víctima queda en las selvas insalubres esperando el pago de la extorsión. Y cuando el secuestrado se estraga, por cualquier motivo, se le abandona donde sea. La otra opción, ante el riesgo de un rescate, como ya lo padecimos, es el ajusticiamiento bárbaro del retenido. Pues bien, hay una posible fórmula para romper el nudo gordiano. Ya me ocupé de ella hace algún tiempo, pero, ante las sugerencias hechas ahora por los levantados en armas, cobra especial actualidad. La aplicó Brasil, en medio de la guerra atroz que vivió hace 30 años. Los insurrectos secuestraron al Cónsul de Estados Unidos en Río de Janeiro y exigieron, por su liberación, la libertad de un número de presos, amenazando con matar al funcionario. Entonces el gobierno brasileño aceptó soltar a los condenados, pero condicionó la libertad de los detenidos a su expulsión del país y exigió que sólo pudieran reingresar a éste cuando retornara la normalidad. Así no existía el riesgo de que los delincuentes volvieran a la montaña. He aquí una posible fórmula para aplicarla entre nosotros, pues si allá dio resultados, ¿por qué no probarlo aquí? *Ex congresista, ex embajador, miembro de las Academias de Historia de Cartagena, y Bogotá, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua. academiadlhcartagena@hotmail.com

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