Columna


Una luchadora

HORACIO DEL CASTILLO RESTREPO

26 de enero de 2022 12:00 AM

Hay personas que al fallecer hacen que los recuerdos agradables de la niñez y la adolescencia broten de manera espontánea; tal es el caso de Berta Gerdts de Otoya, una luchadora como pocas. Recuerdo aquellas épocas en que Bocagrande era un barrio agradable, de espaciosas casonas, donde todos nos conocíamos y los vecinos éramos como hermanos.

Evoco a Berta y a Alfonso (Capitán) Otoya con su guitarra, rodeados de todos los muchachos de la cuadra y su larga prole de 6 varones y dos mujeres oyéndolo cantar y organizándonos sesiones de marionetas donde nosotros éramos los protagonistas. Yo, que no tenía hermanos de mi edad para jugar, pasaba metido en la algarabía de esa alegre casa donde todos los niños de la cuadra nos reuníamos a ver Perry Mason y Naturalia en la primera TV a blanco y negro de la calle, un mamotreto gigantesco de marca Philips.

Pero un triste 20 de marzo de 1965, la tragedia impactó la cuadra con la trágica muerte muy joven del Capitán Otoya. Fue un golpe devastador para todos, todavía recuerdo las notas de La Barcarola, interpretada por la banda de guerra en las honras fúnebres del Capitán en el coliseo de la Base Naval; nunca se me olvidó esa melodía, tristes recuerdos me trae cada vez que la oigo. Todos los estudiantes del Colegio San Carlos formamos con caras tristes y de incredulidad. Allí comenzó el duro batallar de Berta y su dulce madre a quien le decíamos Mamita para educar a su larga prole y prepararlos para la vida. Que épocas aquellas cuando existía la solidaridad; los vecinos rodearon a Berta y cuando alguno de ellos se accidentaba, alguien se encargaba de curarlo mientras Berta llegaba del trabajo, todos se aseguraban de que nunca les faltara nada, ni el Niño Dios. Duro tener que educar a seis hombres sin ayuda del padre, recuerdo que el más rebelde de todos insistía en sentarse a la mesa sin camisa, desconociendo las reglas de etiqueta hasta que un día Berta, desesperada, decidió también sentarse sin camisa a la mesa. Ya se pueden imaginar la sorpresa y el tremendo susto que se pegaron todos; pero eso sí: más nunca se volvieron a sentar a almorzar sin camisa. Era bastante recursiva.

Siempre tuvo una sonrisa dulce para todos, fue una de las cocineras más exquisitas que conocí en mi vida, talento que le sirvió mucho para ganarse la vida y para hacer rendir el presupuesto entre tantos hijos, pero como Dios es bueno, la compensó con una familia donde todos han triunfado y son unos excelentes ciudadanos de bien.

Que descanse en paz Berta, allá en el cielo se ha de encontrar con Mamita, el Capitán Otoya y por supuesto Pedro, quien al verla de nuevo le dirá: mami, fuiste una bárbara.

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