¡Urgen voluntarios!

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El hombre y la mujer de hoy están sufriendo demasiado. Las enfermedades han aumentado, las injusticias siguen creciendo; la soledad es cada vez mayor; la desesperanza toca la vida de personas y familias y la culpabilidad no nos deja levantar la cabeza. Seguimos necesitando gente buena, dedicada a eliminar el sufrimiento, suprimir injusticias y contagiar las fuerzas que muchos necesitan para vivir. Necesitamos voluntarios sociales; y esto no porque no haya, sino porque los que hay, no son suficientes.

Conozco de cerca el trabajo de los voluntarios que tiene la Arquidiócesis de Cartagena. Sus caras jamás las verán en televisión; no serán mencionados por “La Cariñosa” ni por ninguna otra emisora; tampoco aparecerán en Q’hubo. Tienen grandeza humana y son una bendición en medio del sufrimiento. Son un grupito de personas que inspiradas en San Pedro Claver y Santa María Bernarda Bütler trabajan de manera gratuita y callada. Les nace del corazón ponerse al lado de los que sufren.

Son jóvenes que pasan el fin de semana en las noches acompañando las prostitutas con sentimientos de amistad. Mujeres que se hacen cargo de esos ancianos que no tienen a nadie. Esposos que acompañan a un drogadicto en su camino de rehabilitación.

Ustedes los podrán encontrar sirviendo a los habitantes de la calle en el comedor social de “María Revive” o distribuyendo una mesa calientica a cualquier hora de la noche en los semáforos. También los podrán encontrar en la Casa Stella Maris, donde funciona el Programa de atención integral a los migrantes venezolanos, brindando ayuda humanitaria y atención psicosocial.

Podrán verlos los domingos acercarse a la cárcel de San Diego y también a la de Ternera para celebrar la Eucaristía, escuchar a las internas y a los reclusos y compartir horas con ellos. Igualmente se han de encontrar, en cualquier calle, el furgón del Banco de Alimentos procurando sostener el puente entre la carencia y la abundancia.

Ellos no son personas fuera de serie. Son sencillamente humanos. Tienen ojos para ver las necesidades; oídos para escuchar el sufrimiento; pies para acercarse a quien está solo; manos para tendérselas a quien necesita ayuda y, un corazón grande donde crecen todos los que sufren.

Algo que nos han enseñado es a no confundir el amor con el sentimentalismo. El rostro solidario se construye con gestos... no con palabras. Porque amar al ser humano significa querer a las personas concretas, y no simplemente a los sistemas, los partidos o las estructuras.

Nunca los he visto cobrando, pero sé que ganan muchísimo. Ganan la sonrisa del enfermo, el cariño del preso, las lágrimas agradecidas del anciano. Sobre todo, el placer de aliviar el sufrimiento del hermano.

No se parecen a Grau ni a Obregón, no son genios. Pero sí creo que, con sus horas libres, han hecho una obra de arte que no sé qué tanto reconoce Cartagena.

*Vicario de Pastoral de la Arquidiócesis de Cartagena.

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