Columna


Vale la pena

CARMELO DUEÑAS CASTELL

24 de febrero de 2021 12:00 AM

En los meses más oscuros, ella y sus compañeros en la UCI vivieron los peores días, enfrentados a una enfermedad desconocida. Ella, tratando de no hacer más daño, siguió haciendo lo que durante siglos han hecho las enfermeras según su código genético, cuidar. Sin pensarlo se arriesgó y atendió centenares de enfermos. Además del exceso de trabajo, y el miedo, sufrió la intolerancia y el escarnio de pacientes, familiares y allegados quienes culpaban al personal de salud por la enfermedad, las restricciones y limitaciones de las cuales ellos eran una víctima más. En su caso no hubo aplausos y las pocas voces de aliento se esfumaron en la brumosa carga laboral, el hastío por la inoperancia estatal y el absurdo descuido general. Pero, cuando en agosto le propusieron ingresar a uno de los estudios que evaluaban las vacunas no lo dudó; sabía que por estar en la primera línea era una excelente candidata para evaluar su efectividad, eficacia y seguridad. Firmó todos los documentos que liberaban al laboratorio de cualquier responsabilidad por lo que a ella le pasara y que, igual que muchos en la UCI, no sabría si recibían la vacuna o el placebo. Para ese entonces era una ruleta rusa: podía estar en el grupo placebo y contraería la enfermedad con el riesgo de sumarse a los muchos médicos y enfermeras fallecidos; o estaría en el grupo vacuna en cuyo caso podría padecer los posibles efectos colaterales. Le advirtieron que podría haber desde fiebre, malestar, alergias, hasta graves secuelas de por vida y muerte. Ella firmó todo y esperó. Meses después no sabía si había recibido placebo o vacuna. Algunos de sus compañeros enfermaron y luego supo que en otro país un médico del grupo placebo falleció de COVI.

Nunca recibió el famoso bono que el Estado prometió al personal de salud. Su derecho se perdió en uno de esos recovecos burocráticos. Ahora, 6 meses después, las vacunas han demostrado su utilidad, mientras la enfermedad ha asesinado a casi 60.000 colombianos. Sin embargo, ella debe seguir las reglas del estudio. Cual conejillo de indias debe continuar esperando para que la ciencia sepa, en carne suya, hasta cuándo dura la inmunidad que confiere la vacuna, ¿seis meses?, ¿un año?

Entre tanto, muchos de sus compañeros han sido desplazados del beneficio de las vacunas por la sórdida costumbre de colarse en la fila. Por ello hoy se encogió de hombros y siguió su trabajo recordando la hermosa cadencia de Petrona Martínez que un día su hijo le invitó a escuchar bajo los efluvios etílicos: “Cuando vine a Palenquito yo vi la vida en un hoyo...” y la equiparó a la frase que sus ancestros convirtieron en blasón familiar: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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