Columna


Valor de la vida y la muerte

“Jesucristo nos enseña el camino, pero a veces somos sordos a su mensaje y cerrados a sus virtudes sobrenaturales de fe, esperanza y amor. Es importante que nos (...)”.

JUDITH ARAÚJO DE PANIZA

JUDITH ARAÚJO DE PANIZA

26 de enero de 2020 12:00 AM

Despedimos al amigo Jairo Vélez De la Espriella, a quien apreciamos en mi familia y admiramos sus múltiples cualidades de bondad, sencillez, cordialidad, caballerosidad, laboriosidad, generosidad, buen humor, entre muchas otras. Su partida rápida nos ha llevado a reflexionar sobre el valor de la vida y de la muerte.

Su esposa y demás familiares han mostrado receptividad a los dones del Espíritu Santo, aceptando la Providencia con paz, fortaleza, amor, serenidad, gratitud y valoración por todas las bendiciones compartidas con un gran ciudadano, esposo y padre.

Esta realidad nos pellizca y nos hace caer en la cuenta de que esta vida es pasajera, que todos estamos en camino, unos antes y otros después. Son momentos de grandes reflexiones para prepararnos para cuando nos toque el turno, darle importancia a lo trascendental, a lo que enriquece el alma, y relativizar lo superficial y pasajero.

Por lo general, le sacamos el cuerpo con frecuencia a este tema y no profundizamos sobre lo que dice nuestra fe al respecto. Se nos olvida que esta vida es el camino para preparar nuestras almas y la de quienes nos rodean para morir bien, dejando huellas positivas en la sociedad, para después de la muerte, seguir viviendo con Dios en la eternidad.

Jesucristo nos enseña el camino, pero a veces somos sordos a su mensaje y cerrados a sus virtudes sobrenaturales de fe, esperanza y amor. Es importante que nos dejemos redimir por su Sangre preciosa y vivamos todas las realidades a su lado, abiertos a su gracia, buscarlo a través de la oración, la confesión y la eucaristía.

Nos dice San Pablo* que necesitamos que el Espíritu Santo fortalezca nuestro ser interior, que Cristo habite en nuestros corazones, para que la altura y profundidad de su amor, que supera nuestro conocimiento, llene nuestra alma.

“El Señor es mi luz y mi salvación”, expresa el Salmo, “nuestro mayor deseo es vivir en la casa del Señor todos los días, sin término, habitar en el país de la vida”. Para vivir en el país de la vida, necesitamos pasar el trance de la muerte.

En el evangelio de hoy Jesús nos dice: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». Va invitando a sus apóstoles uno a uno para que vayan cambiando sus labores cotidianas para ser pescadores de hombres; aceptar la invitación, les generó cambios trascendentales para sus propias vidas y para quienes han sido influidos por ellos.

A eso estamos llamados todos, a estar en comunión con Dios, no temerle a la muerte pasajera, sino a la del alma, revestirnos permanentemente de Cristo para lograr en comunión con Él, vivir coherentemente, vencer la batalla final y obtener de la aparente muerte, más vida, vida eterna y feliz.

*Ef 13, 18-19; Sal 26, 1.4, 13-14; Mt 4, 12-23.

*Economista, orientadora familiar y coach personal y empresarial.

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