Vamos con la cursilería

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Aquellos que nunca han caído en la afectación sentida de lo cursi no saben de lo que se han perdido. Algunos estetas hacen diferencia en tan trascendental materia. Hablan de cursilería de la buena cuando se trata de algo que mucho conmueve, pero mantiene la ponderación, es decir, “con cierto ritmo y cierta proporción”.

En el siglo 19 se distinguía el amor por pasiones largas y vidas cortas. Hoy evitamos los extremos para aumentar la vida. La intensidad del sentimiento, y su expresión, se pone a dieta y se amordaza. Avergonzarse de ser humanos, porque intentamos querer con todas las fuerzas...

Consideran una deshonra, que atenta contra un tótem de “dignidad” expresar a alguien cuanto le queremos. Nadie es más porque se reserve sus sentimientos o los comunique en forma hierática y seca. Todo lo contrario, la grandeza del sentimiento exalta la condición humana, y mejora la salud mental. Ese ridículo sublime de tomar las manos de la persona amada, expresar excedidos en frases y gestos un sentimiento, merece respeto y es ejemplo a seguir.

A quienes queremos hay que decírselo a diario. Las caricias son ternuras de exportación que más tarde regresan duplicadas. Hay que seguir queriendo a quienes desaparecieron, a quienes nos acompañan de siempre y a las gentes que han llegado a alegrarnos y querernos. Hay que querer las casas sus rincones y recuerdos, los libros que nos hicieron felices, los árboles, y las playas, el mar, ocasos y amaneceres. El sol de la esperanza y la noche que nos acompañó. A los hijos, a los nietos que nos entienden más de lo que suponen algunos adultos, solemnes las 24 horas de su vida, severa y cuadriculada. Los pedestales y los altares son para próceres y santos, los histriones que hagan carrera en el cine y el teatro. Nosotros... a querer con desenfreno. La elegancia tierna apenas riñe con lo cursi, pero colinda y ahí sí que es difícil establecer linderos y medidas.

Quizás es mejor una cursilería ramplona, que un desdén solemne, con partitura y teodolito.

Ah, y no solo es querer, sino desbordarnos en admiración y energía. El impacto de la melodía y los versos de una canción. La tontería sensiblera que nos impide leer la página roja por los abusos que se cometen con niños y débiles. Oír boleros de algunos más cursis y ridículos, nos ayudan a paliar dificultades, a idealizar recuerdos, a vivir con entusiasmo.

Lara, poeta y sentidor cuando dice: “Dame la sonrisa que dibuja la esperanza”, o desvaría en: “arráncame la vida... y si acaso te hiere el dolor, ha de ser por no verme, porque al fin tus ojos me los llevo yo”. Viene esta otra: “Te quiero como a nadie quiero, como nunca pude soñar en querer”.

Canciones cursis que tienen trascendencia, contienen filosofía, al hacer del amor la definición del existencialismo: “Eres en mi vida ansiedad, angustia y desesperación”.

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