Vendo mi voto

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Hace 2.500 años Clístenes dio los primeros esbozos de la democracia occidental. El primer voto en Colombia fue hace siglos, sin embargo, el voto directo y universal tiene menos de 60 años.

En las pasadas elecciones, si creemos lo que informaron las campañas, cada voto les costó entre 2.500 y 8.400 pesos. Por la vía de la reposición recibieron entre 1.500 y 5.000 pesos por cada voto válido.

Según el registrador nacional, las elecciones del próximo 27 de octubre costarán más de 770 mil millones de pesos. En el mejor de los casos cada voto nos costará más de 35.000 pesos. Aunque se han establecido unos topes para cada elección la experiencia nos ha enseñado que tales topes no se han respetado y que se han recibido dineros de dudosa reputación por debajo de la mesa. Para Cartagena, los topes de este año, cercanos a los dos mil millones, darían que el costo de un voto está entre 10.000 y 20.000 pesos.

Conceptos como costo, precio y valor se conjugan en el ejercicio democrático. En general, el precio que exigimos por un servicio que ofrecemos o por algo que vendemos siempre debería ser mayor que el costo. Es la única forma de generar una ganancia. El valor, por otro lado, es el monto que el comprador está dispuesto a pagar. El costo y el precio del voto no son fáciles de tasar. Sin embargo, su valor es mucho más difícil de establecer, especialmente porque en él debemos incluir, no solo nuestro costoso e intangible futuro sino un doloroso botín que despilfarran los mercaderes de la democracia, el presupuesto. En las últimas elecciones a la Alcaldía de Cartagena el abstencionismo fue mayor del 80%. Según la Misión de Observación Electoral, de cada 10 cartageneros, solo uno votó por el alcalde electo. Claro, el abstencionismo aumenta el costo de cada voto pero, también, incrementa la importancia de los pocos votos y su precio. Lamentablemente, en la medida que aumenta el precio del voto este pierde valor.

Mirando hacia atrás pensaríamos en lo que pudo ser y no fue: en las últimas tres o cuatro elecciones mucho hubiera cambiado si el abstencionismo no hubiera sido y la compra de votos hubiera dejado de ser. Pero bueno, no pretendo convertirnos en la estatua de sal de la mujer de Lot mirando hacia un pasado inexistente y un presente perdido. Pensando en futuro: si permitimos que el abstencionismo siga triunfando, el voto costará más, el precio se incrementará y el poco valor que aún tiene se perderá. Con nuestro voto estamos definiendo no solo quién manejara el presupuesto de Cartagena, unos dos billones de pesos anuales, sino las personas que definirán nuestro futuro y el de nuestros hijos. Solo si entendemos eso sabremos el verdadero valor de un voto. Ya lo decía George Bernard Shaw: “La democracia sustituye el nombramiento hecho por una minoría corrompida por la elección hecha merced a una mayoría incompetente”.

*Profesor Universidad de Cartagena.

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