Vida más allá del desastre

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Una de las predicciones es aquella que anuncia el fin de algo. Los profetas de las extinciones anunciaron que el cine haría desaparecer a los actores y las salas de teatro; los medios digitales arrasarían con el papel y los libros y cerrarían las librerías; y el Betamax y Netflix desaparecerían el cine, las rosetas de maíz, los roces de una mano contra otra. O mis ojos en la oscuridad prendados de la sombra de tu rostro.

Los asentimientos apresurados de quienes adoran la novedad y buscan en ella una defensa contra el envejecimiento, sus catástrofes proclamadas, no han ocurrido. Lo contrario, un fecundo estallido de fronteras híbridas reta a la imaginación renovada, a los riesgos sin redes de protección, a las nuevas preguntas.

Aún se recuerda, de aquellos años sesenta, los montajes teatrales de Alberto Sierra, sus retos sin medida que asombraban al escultor Negret, y la sorpresa de una proyección en 16 mm rompiendo el telón de fondo. De ese teatro, que parecía de cámara, a películas como Dogville de Von Triers, donde la cámara es Brecht, o Ionesco, o Becket, qué ha pasado. O los cincuenta años de La Candelaria. O la búsqueda estética incansable de Mapa Teatro. Ellos y otros provocando a las ortodoxias para que acepten ver el mundo con el hilo retorcido de su laberinto y nunca más en su individualidad inconclusa. Eres tú, tu realidad con muros más mi sueño de libre arbitrariedad. Se parece a una frase de Breton.

Hay que dejar para otro Baúl la rotura del tiempo y los textos cuidadosos del cine, unidos a la monotonía de una imagen reiterada. Acude ahora el aroma de los libros cerrados. Era antes así. Hoy, a pesar del forro transparente que los preserva, se escapa un poco el viejo aire de atracción. ¿A qué huelen los libros en la librería? ¿Y qué queda de ese perfume cuando han sido leídos?

En varias ocasiones se han hecho mironerías en los aviones para saber cuántos pasajeros duermen, ven películas, leen en la pantalla digital, cuántos tienen su libro frente al rostro. El inventario, certificado por el almacenista de lecturas, es interesante. Se lee con fervor a Simenon en los vuelos de más de cinco horas; apasiona Le Carré en los de tres horas; y en los de diez prefieren los poemas de Zimborska y de Adams, polacos ambos.

Del espacio sin estantes, cerca al teatro Heredia- Mejía, donde don Pío García recibía a los lectores que adquirían sus tesoros, a la constancia de La Nacional, a la persistente Ábaco de María Elsa, el camino es el mismo: de las catacumbas al templo. Y allí peregrinamos para obtener las gracias de un libro de Rómulo Bustos o de los nuevos historiadores.

 

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