Columna


Virgil Carballo y la fe del carbonero

HENRY VERGARA SAGBINI

HENRY VERGARA SAGBINI

14 de septiembre de 2020 12:00 AM

A Isabel Allende no le faltaron razones para tejer la frase que, desde entonces, enciende luces de sosiego y esperanza en medio de la oscuridad que nos invade cuando se pierde a un ser querido: “La muerte no existe, la gente solo muere cuando la olvidan; si puedes recordarme, siempre estaré contigo”.

Acudo a esas palabras luminosas en el intento de esparcir bálsamo del consuelo sobre el alma de sus seres queridos y quizás alcance a mitigar el inmenso vacío que dejó, entre colegas, pacientes, alumnos y amigos, la inesperada partida del doctor Virgil Carballo Zárate.

Virgil fue siempre el primero en todo lo que se propuso: bachiller de la primera promoción de Comfenalco, mejor promedio académico y el más alto de su camada, tanto que tuvo que decidir entre estudiar Medicina o dedicarse al básquetbol. Finalmente le hizo caso a Hipócrates e ingresó a la prestigiosa Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena, destacándose por su inteligencia, liderazgo y la túnica del Buen Samaritano de la cual jamás se desprendió.

Especializado en Medicina Interna, fue presidente de ACEMI, entidad gremial de los internistas, y fiel a su liderazgo, fue el primer galeno en Cartagena en ofrendar su vida defendiéndonos del engendro de Wuhan.

Docente de altísimos quilates en la universidad de sus amores, sonrisa de niño y brazos abiertos de par en par, trataba a sus pacientes como a su familia, agregándole a la ciencia cantidad suficiente de generosidad.

Gladiador con la fe del carbonero, se marchó del plano terrenal, pero junto a la treintena de colegas inmolados en Colombia durante la pandemia, muy pronto instalará su fábrica de milagros.

El mayor homenaje al doctor Virgil Carballo es la unidad gremial reclamando respeto a los derechos laborales de la Misión Médica en un país donde los negocios están por encima del ser humano, los aeropuertos valorados más que los hospitales y los ruegos de una madre mucho menos que las lágrimas de cocodrilo de Germán Efromovich.

Pero es lícito soñar: José Cassiani y Amparo Carrasquilla tuvieron una irónica ocurrencia que haría sonreír al doctor Carballo, allá en su bufete de eternidades. Estos vendedores de agua en los semáforos decidieron bautizar a su última hija con un nombre que le garantizara prosperidad, y acudieron a la iglesia del padre Rafael Castillo Torres. “¿Cómo se llamará la niña?”, preguntó el sacerdote, acostumbrado a lidiar con lo imposible. “Avianca Cassiani Carrasquilla”, respondieron sin titubear.

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