Volver a creer

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Volver a creer, a pesar de la descreencia generalizada. Volver a creer, aunque parezca que no hay hombres probos y que Diógenes enloqueció, y su lámpara yace en la nata del caño Juan Angola, bajo el mediodía.

Volver a creer, pese a que la ciudad tiene deudas que no podrán pagarse, aunque pase un siglo de espectáculo. Volver a creer, aunque la ciudad y el país se hundan bajo el peso de las apariencias; aunque festejemos los memes de la fuga de Aída Merlano con la convicción de que la justicia es una quimera; aunque se revelen audios como el de Vicente Blel, politiquero procesado por paramilitarismo. Desde su poltrona de holgazán lanzó su ofensa: “El negro es flojo (...) el viernes se maman la plata que se ganaron, no son capaces de hacer un hp mercado y el lunes no hay con qué comer en la casa”.

En efecto, al pobre negro no le alcanza el menudo porque las oportunidades que hubo se las está esquilmando ese sistema al cual él y muchos pertenecen. Un sistema de cosas en el que la mediocridad se encumbra y cualquiera (con más marrullería que formación y con la anuencia de iguales) llega a manejar el erario. El único encomio que tienen es la viveza, la treta y el negociado. Pero el deleznable es el negro de las esquinas que no tiene chamba.

La mayoría son jóvenes con duros destinos, que desgastan sus jeans sobre los bordillos del pavimento, mientras esperan. Nadie notará sus ausencias hasta cuando los maten. Buscan una esperanza vacía, están cansados y ya no son rebeldes. Así que les toca ponerse a bailar en las plazas por migajas.

Desde 1991 se abrió la puerta al poder de Gatas, Blel, Merlanos, gamonales y caudillos brabucones. La lucha es menguar el efecto de sus jaurías en las decisiones que nos impactan. Estarán ahí, dejarán su linaje para continuar el desfalco. Se caracterizan porque desprecian a quienes los ponen en la arena pública. Padecen el síndrome de Hubris. Los alcaldes de los últimos 20 años lo padecieron. Le pasa a quien ejerce poder en tiempos prolongados. Sus síntomas son: exceso de confianza en sus decisiones, rechazo a las críticas, desconexión con la realidad, narcisismo y tendencia a creer que el mundo es un lugar en el que dejarán huella.

El hombre es lobo y cordero, dijo Erich Fromm. Los lobos son una minoría, pero necesitan de la ayuda de la muchedumbre de corderos para llevar a cabo su labor biliosa.

Por eso hay que volver a creer en la posibilidad de que en lo público las cosas sean dadas de tal manera que lo secreto se revele de manera expedita y a menudo.

El gran Estanislao Zuleta nos previno de imaginar una vida sin riesgos, sin luchas, sin búsqueda de superación y sin muerte; una vida sin carencias y sin deseo. Una vida así es estéril y embustera. Sería “un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición”. Sin dudas al lobo hay que domesticarle.

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