¿Volveré a Cartagena?

ENVIAR PÁGINA POR CORREO

Debería haber ido hace un mes. Me invitaron a impartir un módulo de una maestría jurídica en la Universidad Libre, pero, a causa de la tormenta de miedo y aislamiento que a todos nos cubrió, se decidió retrasar la docencia al mes de agosto. Quiero creer que para entonces la vida habrá retornado a su cauce y yo podré volver a Cartagena. La duda que me asalta es si, para cuando mi viaje se produzca, Cartagena seguirá ahí. Entiéndame, los edificios sé que no se habrán ido. Si sobrevivieron a piratas, invasores ingleses y a mis compratriotas españoles, un virus no los va a echar abajo. San Pedro, Santo Domingo y La Catedral seguirán siendo hermosos injertos andaluces en el corazón del Caribe. Las torres de Bocagrande no dejarán de brillar durante las tibias noches con brisas. Y las viejas piedras del Convento de La Popa y el Castillo de San Felipe aun nos recordarán por mucho tiempo que Cartagena ha visto ya a demasiados que de verdad creyeron que el mundo empezaba y acababa con ellos.

Los edificios seguirán. ¿Pero y la gente? ¿Seguirá mi amigo Jimmy, alegre, cordial y gentil como pocos, al que supongo desde hace ya varias semanas sin trabajo por ser empleado de hotel? ¿Seguirán las simpáticas mujeres que me sirven uno de los mejores helados de chocolate del mundo en la Gelateria Paradiso, las alegres meseras del restaurante La Mulata que me reconocen cada vez que me acerco a almorzar con ellas aunque sólo vaya dos o tres veces al año, el tipo serio y educado que regenta la librería Ábaco y con cuya silenciosa compañía leí hace meses una obra desconocida de Zweig sentado entre pilas de libros mientras bebía una copa de ron Dictador que él me recomendó y que casi me arroja a la cara cuando, incauto de mí, no se me ocurrió cosa mejor que proponerle mezclarlo con Cocacola? Cartagena no son sus murallas, ni sus monumentos, ni sus glorias. Cartagena, la que me enamoró, son sus gentes. Esas gentes sencillas que, rodeados de potentados locales de hermosos trajes blancos y horteras extranjeros de camisas de flores, ganando magros salarios, con trabajos y vidas que ahora penden de un hilo por culpa de la parálisis económica, cumplen su deber con pundonor y por la noche vuelven a sus hogares lejos de las relucientes zonas turísticas.

Cartagena son tantas y tantas personas que, como dijera don Mariano José de Larra, sobreviven más que viven merced a modos de vivir que no dan de vivir, oficios menudos, vendedores de mango con sal y pimienta, taxistas que zigzaguen frenéticos en el otrora caos circulatorio, palenqueras que inundan de color las calles, ejércitos que viven por y para el turismo, demasiados a los que el destino ha parado en seco, que miran al futuro con la inquietud de quienes ven su porvenir en peligro y no saben si habrá, si aun hay, hueco para ellos. Por eso, la pregunta no es si yo volveré a Cartagena, sino si Cartagena seguirá ahí cuando yo vuelva.

TEMAS

Ahora te puedes comunicar con El Universal a través de Whatsapp

  • Videos
  • Mensajes
  • Fotos
  • Notas de voz

cuando seas testigo de algún hecho noticioso, envíalo al: 321 - 5255724. No recibimos llamadas.

LEA MÁS SOBRE Columna

DE INTERÉS