Y la meritocracia

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Desde los confines del Antiguo Testamento, Salomón ha representado la inteligencia, el poder y la grandeza. Era hijo de David, constructor del templo, autor del cantar, de los Proverbios y del Eclesiastés.

La prueba de su sabiduría fue un episodio bárbaro de carnicería propuesto por Salomón, a dos supuestas madres para la división sangrienta del disputado hijo. Ese fue el antecedente del derecho de Familia.

Hoy Salomón no tiene público, la sabiduría se asimila a con Einstein. Lástima que la prueba del poder de sus meninges fue macabra: un espantoso holocausto justificado por la democracia: Hiroshima.

En su ordenado anarquismo Einstein resolvió disolver el principio de la conservación de la energía y la materia. Descubrió que materia y energía no eran dos universos, sino un personaje con dos voces. Desde entonces a algunos jóvenes les llaman Einstein por su talento, o por sus falencias.

Un buen amigo que como diplomático vivió años en el Japón, nos conmovió al contarnos la crueldad de la competencia en la educación. Desde los preescolares se establecen pruebas que determinan, en forma inflexible, las posibilidades de cada niño para acceder, en su momento, a la educación superior.

Al actual símbolo de inteligencia lo hubiesen enviado a los talleres de carpintería o plomería. Stephen Hawking en su libro “A Hombros de Gigantes” nos sale con un relato: cuando Einstein era muy niño su padre preguntó a su maestro sobre cuáles áreas dominaba y se distinguía. “Qué más da, para lo que sirve”, contestó el pedagogo. En el Japón. ¿Qué le hubiese sucedido al campeón del talento?

Si las pruebas del Icfes son deficientes para calificar un bachiller, quiera Dios que no progresemos tanto para que algún tecnócrata pretenda implantar sistemas de eficiencia, decida medir la capacidad y el futuro de infantes que están comenzando a comunicarse, a leer y acceder al tema del pensar y del conocimiento.

En “El Conocimiento Inútil”, Revel denuncia cómo la información ha desplazado la formación, las conexiones al talento, la presentación al contenido y otras aberraciones que tan buen recibo tienen en el mundo actual.

En la meritocracia muchas veces se filtran “palancas” y toda la objetividad es afectada por las debilidades de la condición humana. Pero todo eso sirve para que los vencidos en la prueba refunfuñen al denunciar: “Rosca”, “politiquería”, “manguala”.

Ahora han descubierto, que Salomón era analfabeta y Einstein un pésimo matemático. Nos preguntamos, ¿cómo le han podido atribuir el Eclesiastés, bello poema de aguda reflexión, a Salomón? Son numerosas las tonterías que le han adjudicado a Einstein. Sus teorías en la especialidad no lo exoneran de desorbitados conceptos. Lo que sí está comprobado es que Salomón era un atleta sexual. Eso decía la famosa reina de Saba. De Einstein no se sabe...

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