Y la tristeza

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Circula como moneda corriente y a algunos se les ha dado por honrarla con particular pasión. Creen que acompaña a la sabiduría, la virtud y la conciencia, cuando no pasa de ser un necio ornamento para descalificar la alegría y el optimismo. Rechazan entusiasmo y esperanza creyendo que alegría es debilidad. Nada más absurdo que asimilar tristeza a inteligencia. Tal vez por eso los estoicos alertaron a sus sabios sobre la tristeza.

Conviene cuidarse de su peligrosa compañía y planear estrategias para combatirla. Es un hecho que los conocedores más profundos de ella no han sido sus víctimas, son quienes les rodean. Los tristes no la comprenden, solamente la padecen. Quienes hemos hecho todos los esfuerzos posibles por evitar su contagio, quizás somos menos ignorantes en el tema. Pero es mejor no meterse en ese rollo. No solo hay que rechazar sus efectos, sino aplicarle terapia radical.

Los pueblos jóvenes son quienes más la han combatido. Mientras otros se cansaron, desde nuestras playas intentamos rechazar esa influencia negativa.

Neruda podía escribir los versos más tristes una noche y Barba Jacob confesaba días en que somos tan lúgubres,... Para Lara dizque la tristeza era su novia. No obstante, disfrutó ampliamente de María Félix y de una constelación de hembras preciosas.

Recordamos la sátira de las clases altas que hizo la Sagan en su Bonjour Tristesse. Estupenda novela, pero sobre todo notable y merecido éxito editorial. Poetas y luminosos pensadores existencialistas también le han cantado con pasión. Quizás confundieron vivir con sufrir, y ser con padecer.

Los pueblos alegres suelen ser despreciados. Pretenden calificar su voluntad de resistirse a la tristeza como irresponsabilidad. Sin embargo, la pena que ha gravitado sobre la idiosincrasia española también era motivo de burlas crueles. Pero pena y tristeza son enfermedades diferentes

Es absurdo recibir la tristeza con un estupor que invade cuando la adversidad agobia, y llega a tales proporciones que impide la libertad de los actos. Las quejas y las lágrimas son una reacción, pero suelen retroalimentarla. La cosa es mucho más grave cuando su fuerza ha helado los impulsos vitales.

En relación con las tristezas de amores, “Quien cuenta su fuego apenas arde”, decía Petrarca en el Cancionero. Otros que se oponen al llanto, siguen trágica secuencia al decir que lo que se puede digerir, es mediocre: “Las preocupaciones ligeras suelen hablar; las excesivas quedan mudas”. Afirmaba el viejo Séneca en “Phaedra”...

A la tristeza, cómo a la mujer maluca es mejor ni verla, apunta con gracia Adolfo Pacheco, compositor inmenso y filósofo, que recibe merecido homenaje en el festival “cuna de acordeones” que se celebra en la tierra de Francisco el hombre.

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