Columna


Y llegaron las vacaciones

CÉSAR ANGULO ARRIETA

02 de diciembre de 2023 12:00 AM

En un año medianamente lejano, siendo un niño, iniciando diciembre, dormía plácidamente; sentí unas palmadas cariñosas en el pie, era mi madre despertándome y diciendo: “Mijito, llegaron las vacaciones, te levanto el castigo, primero ve a recoger todo lo que tienes regado, si no, de aquí no sales”. Mi felicidad fue infinita, llegaba el tiempo más esperado, íbamos a vernos todos en familia, abuelos, padres, tíos, primos. Estaba castigado, había desobedecido la orden de no bañarme en el mar sin su permiso.

Una semana antes llovió y, una de nuestras preferencias de “pelaos” era correr bajo la lluvia hasta que escampara, íbamos trotando por la playa cuando se le ocurrió a cualquiera zambullirse en la mar, los demás hicieron lo mismo, menos yo. Jugaban para que los viera salpicándose agua de mar entre sí, gritaban: “Qué rica y calientica está, metete, marica, tu mamá no se va a dar cuenta porque está lloviendo, no va a saber que te metiste”.

Dicho y hecho, no aguanté la presión y ¡chuaz pal’agua!, a divertirme sin límites, no hay nada más rico que trasgredir prohibiciones, el placer se nos fue rápido, salimos apenas escampó.

Al poco tiempo, después de la diversión, entré muy orondo por la puerta mi casa, mi mamá, sentada a lo lejos, en su mecedor, viéndome llegar me dijo: “Mijito, ven acá”. Me acerqué tranquilo, tal vez, debido a mi “jugada maestra” para camuflar lo húmedo de la melena, muy amorosa me tomó la cabeza con las dos manos y, pasando su lengua por el cabello se percató inmediatamente de su salinidad, a lo que inmediatamente cogió un cinturón y me sonó 3 pencazos bien dados, me mandó para el cuarto inmediatamente sin quitarme el agua salada por dos días.

Después de este suceso quedé mansito, obedeciendo a todo.

Una vez levantado el castigo, abracé a mi mamá y le dije dulcemente que me perdonara, que más nunca me bañaría en el mar sin su permiso. Enseguida fui presto a cumplir la orden, recogí los chécheres que tenía regados por toda la casa, entre esos, un guante de cuero chamuscado que olía a puro azufre, acababa de usarlo en las fiestas novembrinas devolviendo buscapiés en La Caracucha; también, esparcido por el suelo estaba el palito ese que usábamos para batear bolita e’caucho con la mano, lo hacíamos con “mochitos” de palos de escoba, poniéndolo dentro de los dedos, sintiendo que nos daba un poder sobrehumano para pegarle a la bola.

La añoranza del cuento me deja como corolario de la vida que todo pasa muy rápido. Llega diciembre, época de encuentros familiares y de amigos, hoy estamos ocupando el puesto de los mayores de antes, lo que somos ahora lo vimos en otros. Disfruta, disfruta, disfruta, JRS.

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