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Editorial

De avales a abalorios

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De Colombia impresiona cómo la política se ha venido precipitando a un abismo cada vez mayor, hasta parecerse a una subasta. El fenómeno es nacional, pero el ejemplo más reciente y vergonzoso es el de Cartagena con motivo de la elección atípica del Alcalde que reemplazará al difunto Campo Elías Terán Dix el próximo 14 de julio.
Un famoso observador de la realidad colombiana, quien la utilizó para escribir sus obras de ficción, dijo de la política del país: “Un buen ejemplo es Colombia. Basta con que haya elecciones puntuales para legitimar la democracia, pues lo que importa es el rito, sin preocuparse mucho de sus vicios: el clientelismo, la corrupción, el fraude, el comercio de votos”.
El autor de las palabras anteriores es Gabriel García Márquez, quien las pronunció en Contadora, Panamá, el 28 de marzo de 1995, y luego fueron publicadas en el libro “Yo no vengo a decir un discurso”.
No imaginó entonces García Márquez cuánto más decaería la política colombiana, o lo que es lo mismo, cuánto avanzaría la politiquería. Cada vez es más delgado el velo del rito que él menciona y más evidente el descaro de la empresa electorera y los avales que otorga, que más parecen abalorios
Los sucesos locales recientes se asemejan a una tragicomedia: una candidata es avalada por un partido que luego le retira el aval por un escándalo, pero de inmediato obtiene otro de un partido que poca gente conoce, pero del que con seguridad sabremos mucho más en el futuro inmediato.
Por otro lado, el Partido Conservador local le da su aval al candidato previamente avalado por el Partido Liberal. De inmediato otro candidato impugna el aval conservador y la dirección nacional de ese partido se lo retira al candidato liberal y apoya al demandante, pero los conservadores locales –quienes tienen los votos- siguen firmes con su candidato liberal.
Por su parte, la dirección nacional del Partido Verde apoya a una persona, pero un sector local de ese partido avala a una candidata distinta.
Los partidos políticos como tales ya no existen en Colombia, o están tan empobrecidos que pocos son capaces de producir sus propios candidatos y tienen que acudir al “mercado” electoral, lo que cambia su naturaleza y su función, al menos como están esbozadas en sus idearios, que ya son letra muerta a juzgar por los sucesos en Cartagena.
Hay algunas personas que participarán en la elección atípica del 14 de julio que dan esperanzas de que trabajarán por Cartagena, pero la ciudad y el país deben pensar en cómo regenerar su organización política para evitar que siga dominada por el lastre señalado por García Márquez: el clientelismo, la corrupción, el fraude, el comercio de votos.
Un país sin convicciones promovidas por partidos políticos fuertes es presa fácil para cualquier vertiente populista, todas destructivas.

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