Editorial


Aguaceros, inundaciones y mentiras

EDITORIAL

04 de mayo de 2016 12:00 AM

Unos pocos aguaceros fuertes han puesto en aprietos a varios lugares del país. Un noticiero mostraba los daños de los arroyos pluviales en Barranquilla, y también cómo dos ríos, el Manzanares y otro, le metieron a la hermosísima bahía de Santa Marta toneladas de basuras que los residentes aledaños a los cuerpos de agua lanzaron allí, desde muebles hasta neveras, y por supuesto, muchísimas basuras plásticas.

En Cartagena las cámaras, incluidas las de este periódico, estaban enfocadas más hacia la inundación de la calle aledaña al puente de Crespo y a las filtraciones de agua dulce causadas por el aguacero dentro del túnel, así que quizá dejamos de notar el mismo efecto ocurrido en Santa Marta, pero aquí sobre la ciénaga de la Virgen, que recibe también toneladas de basuras que lanzan los vecinos a los caños pluviales de Cartagena, siendo igual de insolidarios e irresponsables que los de aquella ciudad, aunque tenemos la esperanza de que aquí fueran menores los desperdicios por las limpiezas repetidas a los caños, sin las cuales todo hubiera sido mucho peor.
El cambio dramático de sequía a inundaciones, aunque aún fueron menores y de poca importancia, demuestra los extremos del trópico y por qué los gobernantes no pueden estar adormilados, sino que deben prever los cambios de estación y sus necesidades.

El Niño y su sequía extrema permitieron que donde hubo gobernantes previsivos, se hicieron trabajos de movimiento de tierra y de protección de poblaciones solo posibles cuando la maquinaria trabaja en lo seco, además de hacer y reparar represas y jarillones para guardar el agua dulce que comenzará a sobrar, en particular en la segunda temporada de lluvias, para cuando se prevé que habrá un fenómeno de La Niña.

Tememos, sin embargo, que más fueron los dirigentes omisivos que los proactivos, y que muchos de los mismos problemas se repetirán cuando en verdad llueva con fuerza.

En Cartagena aún no tenemos los desagües pluviales listos a pesar de hablar de ellos desde hace varias décadas, y si nos llega otra La Niña se repetirán muchas de las escenas de barrios inundados y de ciudadanos padeciendo incomodidades, además de sufriendo pérdidas materiales y a veces, de vidas humanas.

Que la calle nueva aledaña al puente de Crespo se inundara no se le puede achacar a cosa distinta que la imprevisión de sus constructores, porque la ingeniería del puente debió prever cómo evacuar las aguas a un ritmo suficiente. Partes de la Santander se inundan hace años, cosa que sus ingenieros debieron notar, ya que tuvieron varios años para hacerlo.

Ojalá que este “pitazo” del invierno avispe no solo a los ingenieros del puente, sino a toda la dirigencia local, departamental y nacional. Ya nadie ya puede declararse sorprendido por el efecto de la lluvia, y esperar que alguien le crea.

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